Rioflexiones de martes tarde

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Tres de cada cuatro amigos que tengo aquí ya fue asaltado y el cuarto sabe que lo será pronto. Hay violencia y marginalidad, mucha, de las que se puede tocar. Y las favelas, las favelas no son esos cuentos de niños con chambelonas que pinta la Globo. La mayoría de los niños salen tempranito a trabajar, o a hurgar en la basura, o a pedir comida y dinero a los que pasan, pues la Nina real, nace, vive su vida entera, y muere en el basurero, sin que a casi nadie le importe una mierda.

Pero hay unos colores que matan, y un Carnaval en febrero donde es todos con todos y que se acabe el mundo, y multitud de iglesias y de gente amable. Y música como aire, samba, forro, sertanejo, bossa, en cada esquina, con muchachas lindísimas de pelo rizado, bailando, es decir, bailándote y peor, sonriéndote. Mil y una gracias por la magia, Cidade Maravilhosa, a pesar de esas Ninas que te aprietan el pecho de impotencia, ya me tocará extrañarte en un páramo nevado o en un gris demoledor de edificios sin sentido, pero todavía no.

A mi, si un día me voy y no regreso nunca (viajando en una nube de tus horas añadiría Vicente), que me busquen en aquellas de allá, en unos de aquellos manojos de verde en medio de tanto azul. Estaré, esperemos, con alguna de las muchachas lindísimas de pelo rizado, luego, que sea un visita breve.