Pasar página

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La Habana, Cuba. Julio 2019. Colores de una tarde feliz.

Cuando uno está triste por un amor que se ha truncado, triste realmente, superlativamente triste, de esas tristezas que te pegan al cuerpo como ropa mojada después de un aguacero y que no te puedes quitar, de esas que una vez que te sacas la ropa se te queda la humedad impregnada en el cuerpo, de esa humedad que luego te pasa a los pulmones y te provoca un catarro tremendo que luego muta a una neumonía, de esas neumonías que te hacen respirar con dificultad y que al cabo de los días te dejan una flema verde que tienes que ir escupiendo por ahí para no ahogarte y que te dejan la voz ronca y la garganta roja y adolorida de tanto toser, los amigos vienen y te dicen que pases página.

Lo dicen porque es lo que se dice, es lo que les dijeron a ellos alguna vez y es lo que has dicho tú también un montón de veces. El problema es que detrás de esa sencilla frase que te ofrecen tus amigos con tanta buena onda para ayudarte, hay un par de posibilidades ocultas.

Porque lo que ellos te quieren decir en verdad, lo que realmente significa pasar la página es que vuelvas a reír, que vuelvas a ilusionarte con algo, que vuelvas a hacer las cosas que disfrutabas hacer antes de que llegara ese amor. Y eventualmente, que vuelvas a amar.

El único problema es que en los tiempos modernos, tiempos hiperconectados, hiperinformatizados e hiperdigitalizados, las páginas que deben ser pasadas son virtuales, o lo que es lo mismo, son omnipresentes y están llenas de algoritmos inteligentes pero a la vez fríos e hijos de puta que te ponen en la cara cosas que preferirías no ver, lo que hace bastante difícil no ya pasar la página, sino doblarles al menos una esquinita. No importa cuanto lo evites, siempre va a parecer una notificación de un tag o un comentario de improviso en tu timeline, una story que no esperabas detrás de otra que veías al descuido, una foto que no querías ver y con la que te diste de bruces de pronto porque no fuiste lo suficientemente rápido para dar scroll. Y ahí estás nuevamente frente a ella.

Claro que hay opciones, se puede intentar cerrar la página de un tirón, desinstalar todas las apps del teléfono, marcharse de todas las redes sociales, bloquearla de todas partes, desinstalar el navegador, desactivar la wi-fi, cortar la electricidad, arrojar el teléfono y la laptop a la basura, irte a vivir a una caverna, o simplemente, digámoslo alto y claro, tener el coraje suficiente para vivir una vida lejos del cibermundo, en donde no sólo se quedaría viviendo ella, sino donde se quedarían viviendo todos. Todos menos tú.

Solo que entonces no estarías pasando la página, estarías arrancándola. A esa página y a todas las páginas que vienen detrás. Estarías cerrando el libro.

Entonces te encuentras en medio de tu tristeza permanente ante dos disyuntivas: Una drástica que es cerrar el libro y la otra muy costosa que es dejar las cosas como están y aprender a lidiar con el libro, con la cubierta, con el lomo, con la página, con las páginas anteriores y con las que vendrán.

Entonces decides dejar la página donde está hasta que la página se pase sola. Y que tu tristeza y la neumonía duren lo que tengan que durar, y que duela lo que tenga que doler, y que la memoria sea todo lo cabronamente maravillosa y cruel que tenga que ser, y que tosas lo que tengas que toser hasta que entiendas que tu voz ya no es la misma voz, que es ahora más grave, que cambió para siempre. Y así, hasta que una tarde cualquiera, haciendo cualquier otra cosa, te tocas la garganta a ver qué tal el dolor y te sorprendes al notar como en esa zona tan grande de tu cuello que tanto te dolía, ahora lo que sientes son cosquillas, unas cosquillas que te hacen recordar cosas, cosas que están escritas en la página, y algo parecido a una sonrisa comienza a dibujarse en tu rostro.

Escalar

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Ella es de esas personas que tienen una extraña conexión con lo profundo. De esas personas que en algunos momentos de paz y equilibrio, puede apaciguar a los espíritus del mar y y calmar el temporal y la lluvia o convocarlos para desatar la tormenta y las olas a su antojo, tan solo para que el viento furioso le alborote el pelo.

Él es de esas personas que posee la valentía y la curiosidad de los primeros escaladores del Everest, que se arrojaban a la aventura con pocos implementos y la emoción en los ojos y en la sangre.  De esas personas que se lanzan a escalar porque saben que hay Everests que merecen ser escalados, tan solo para saber cómo se ve el mundo bajo los pies en la felicidad más alta.

Estas personas están profundamente conectadas a las primeras por la picada de un mismo mosquito o la mordida de un pez en el mismo río. También sucede que a veces, estos escaladores tienen la suerte de coincidir un día cualquiera en medio de su escalada con una de estas personas dueñas del mar, el viento y la lluvia en el momento en que se conectan con las fuerzas de la naturaleza. Y si tienen además la gracia y la chispa suficiente, pueden capturar esta conexión extraordinaria con los elementos en una imagen.

Lo que intento decir es que, si yo no hubiese estando viajando a tu lado aquella vez, no me hubiera comido unas croquetas caseras gloriosas en un vasito, no me habría detenido en un trozo de mar al borde de la carretera donde se juntan las olas con las nubes y el amor con la tristeza, y no hubiera tenido como destino de ese viaje, una felicidad compartida de mariposas en el estómago y pájaros en la cabeza, y la emoción simple y pura del sueño cumplido de un niño.

O no hubiera simplemente vivido, sin sentir vergüenza de ser feliz.

Junior

10590411_10204653257117775_244760397506415265_nLo he visto apenas una vez con anterioridad a esta, en una foto con mi amiga en Instagram, ella todavía entre sábanas y el encima de ella molestándola. Ambos felices y risueños. Ahora lo he conocido y enseguida se ha puesto contento y animado, fascinado por el nuevo especímen humano que lo visita. Me ha puesto su cabeza en las piernas clavándome sus ojos negrazos que me han hablado de un cansancio inmenso. Lo he acariciado distraídamente mientras conversaba con su dueña. Es un labrador negro, manso y fiel,  y va a morir hoy.

Y mientras intentaba darle ánimos a mi amiga, quien me explica lo mucho que él sufría por el cáncer sin cura que lo aquejaba desde hace tantos meses y lo difícil que era para ella esta situación, después de haberlo intentado todo y de tenerlo desde cachorro, me he acordado de Junior.

Junior no se llamaba Junior pero así le decía yo, porque era el delfín de la familia, y por tanto, el objeto de todas nuestras malacrianzas. Y ahora, donde iría el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, hay un salchicha con tremendas orejotas ladrando alto (créanme, muy alto), y así comienza esta película.

Escena #1: Tengo 15 años, y mi papá ha traído a una bola de pelos a la casa.

 —”No puede ser”,  pienso, poniendo mala cara. — “Llevo desde mi más tierna infancia pidiendo un canario, un pez, un gato, algún ser viviente que me acompañe, y ahora en plena adolescencia, cuando ya no hace falta, se aparecen ustedes con esta bola de pelos que sólo chilla y que cagará por doquier, y a la que habrá darle todo tipo de atenciones”. 

Pero no había nada que hacer, si mi papá, ese sargento de la limpieza y el orden, ese ser insumiso que hacía que nos laváramos las manos mi hermano y yo unas 10 veces cuando acariciábamos a un cachorrito para evitar esos millones de gérmenes que según él acechaban prestos a enfermarnos al menor descuido, ahora se pasaba la madrugada entera acariciando e intentando calmar a ese bicho que no cesaba de llorar llamando a su madre. Estábamos todos perdidos.

Escena #2: Tengo 18 años. Junior mueve la cola y ladra estruendosamente en la puerta intuyendo que me dispongo a salir a hacer alguna encomienda, y por tal que haga un poco de silencio, decido llevarlo conmigo. Cerca de mi destino, hay una casa con un patio muy grande donde habitan dos enormes dóbermans que llevan con mucha seriedad su función de cuidar la propiedad. Pero Junior es un tipo bravucón, sin dudas. Siempre fiero frente a estos dos perrazos que lo triplican en tamaño, les comienza a ladrar y les muestra los dientes. Obviamente, reja de por medio. Aprendí que más que fiero, Junior era un tipo sumamente sabio, y un conocedor de la máxima ancestral que reza: mejor decir que aquí corrió, que aquí murió, o lo que es mismo, conocedor de las ventajas evidentes de poner siempre la velocidad en función de la supervivencia en caso de no existir un resguardo en forma de reja.

Escena #3: Tengo 20 años. Un ciclón azota con saña la Habana. Junior anda perdido hace unas cinco horas, afuera ruge el huracán y se está acabando el mundo, y andamos todos desesperados porque no tenemos ni idea de donde está. Bueno, no sabemos donde pero si suponemos haciendo qué. Olvidé decirles que siempre fue todo un romántico, era algo superior a sus perrunas fuerzas, no había perra sata o de alcurnia que necesitara la atención de un macho que allá iba él a hacerle la corte con todos los perros de la comarca. Ahí lo veíamos regresar, a menudo todo mordido y arañado, pero con esa felicidad canina con la que se tiraba a descansar en su manta después del deber cumplido.

—”Lo dejé entrar, estaba todo entripado, tiritando de frío en la puerta, pero fue el único que no se fue cuando comenzaron los rayos y comenzó a soplar feo el viento. Ná, que se ganó a la Negrita, vénganlo a buscar en unos días cuando pase el cicloncito este, creo que la va a pasar mejor que todos nosotros juntos”, nos dijo nuestro vecino cuando finalmente dimos con él.

Creo que oficialmente fue ahí cuando comencé a querer mucho a Junior,  en parte por la preocupación que me ocasionó, en parte por el orgullo de saberlo digno de nuestra casta.

Escena #4: Tengo 22 años. Tengo prueba final de mañana de Cálculo II y me aguarda una larga noche con un montón de integrales por resolver para afilarme bien. Ya el resto de los traidores de mi familia hace rato se recogieron al buen dormir. Y ahí está él. Mirándome fijo con sus ojazos y sintiendo una mezcla de lástima por mi y de esperanza a que vaya a merendar en algún momento y le deje caer algo, pero acompañándome. A veces tirado en mis pies, a veces buscando mi mano para que le acariciara detrás de la oreja, justo donde le gustaba, pero siempre ahí. No me juzguen, pero más de una vez, al regresar contento a casa por una buena nota recibida, se lo decía primero a él. Y se alegraba, yo sé que se alegraba.

Escena #5: Tengo 25 años. Estamos todos en la playa y Junior se ha atrasado en lo que yo y mi hermano nos adentrábamos en el mar. No hacía falta ni llamarlo cuando de agua se trataba. Quizás fuera el hecho de que vivíamos cerquita de la costa, pero se acostumbró rápido al mar desde pequeño y aprendió a nadar con una agilidad realmente admirable.

—”No llega, estamos demasiado lejos, ve a buscarlo, se va a ahogar el pobre bicho, mira el oleaje que hace”, le digo a mi hermano.

Mi hermano me mira de soslayo y se ríe bajito. Junior llegó, medio muerto, tosiendo agua salada, pero llegó. Y no solo eso, sino que después no quería abandonar el agua. Mi hermano, cuyo hobby siempre fue nadar con él, siempre supo que lograría llegar sin problemas.  Yo en cambio,  en ese momento no supe si lo que había criado todos esos años había sido un perro o una nutria. Todavía no lo sé.

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Escena #5: Tengo 27 años. Estoy en Brasil y mi hermano me escribe que Junior ha muerto. Recuerdo haberlo llorado sin lágrimas toda una noche, insomne y lleno de rabia, maldiciendo a esas enfermedades que prefieren a los mejores, en su caso, una que le impedía ver y que no le permitía levantar ya ni los pies. Recuerdo además haber recriminado a mi hermano el hecho de haberle retribuido a tantos años de amor con esa piedad paradójica y brutal de que hacemos gala los humanos, dándole un final rápido e indoloro. Mi hermano, luego de una pausa que yo sabía bien que no era causada por la demora en recibir un mensaje desde Cuba por lo paupérrimo de la comunicación y si por un dolor similar al mío, me dijo algo que me sacudió mis adentros y me hizo admirarlo mucho más que lo que ya lo admiraba:

 —”¿Te imaginas lo difícil que fue para mi estar en todo el proceso y luego cargar con él en una manta? Tan solo se quedó dormido, y nada más. Yo hice un cartelito en el lugar donde lo enterré y puedes estar seguro que cuando vengas, vamos juntos”

Escena #6: Tengo 30 años. Junior murió hace 3 y muchas de mis vivencias con él son recuerdos e imágenes borrosas de infancia y adolescencia que ahora intento plasmar aquí. Nunca más me plantié tener otro perro. Quiero creer que la pequeña fosa en que yace muchos niños juguetean diriamente encima de él. Mi amiga, como hice yo, lo llorará un tiempo y quizás dentro de unos meses será sólo un recuerdo, y cuando el nuevo cachorro haga su entrada ni siquiera eso, porque el olvido sigue siendo nuestro paliativo preferido. Yo intento animarla y me viene a la mente el perro semihundido de Goya, que desde siempre me ha borrado la felicidad y llenado de tristeza por todos esos animalitos que nos llenan de luz, siempre sin esperar nada a cambio, y que a menudo tanto maltratamos.

Detalle de Perro semihundido, de Francisco de Goya

Por estos días, no cesa de llover, recuerdo que aquellos días tristes cuando Junior se fue, también llovía. Creo que entre tantas tristezas,  es un alivio tanta lluvia. No ha de brillar el sol cuando muere un perro bueno.

¿Para qué sirve mi hermano?

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Sirve para verlo, cada vez que cierro los ojos, muy serio y con sus ojos grandes llorosos, cuando todos coincidíamos muy formales, en lo sucio que estaba cuando nos lo encontramos en la basura, llenito de pies a cabeza de espaguetis.

Sirve para recordar, como si hubiese sido ayer, el día que me llené el dedo gordo de espinas de erizos porque se le antojó jugar de manos en la costa, precisamente aquel día, con ese  tremendo oleaje.

Sirve para no haber tenido pulovers, ni jeans, ni zapatos propios, y para verlo ahí, sintiéndose heredero de mis tenis, sabiendo que  yo nunca cabría en los suyos.

Sirve para verlo allá arriba, sonriendo en los hombros de mi papá en los conciertos, mientras que yo me resignaba a caminar por los siglos de los siglos.

Sirve para verlo llegar a la casa, con cara de fastidio, porque otra  maestra comentó que si “cuando tu hermano fue mi alumno esto o cuando tu hermano fue mi alumno lo otro”.

Sirve para azuzar al viejo en la bicicleta a que cogiera a aquel que va allá adelante, y “dale, que tu puedes, que hoy mamá hizo un desayuno reforzado”.

Sirve para que te cuente chistes tan re-pesaísimos y absurdos que al final acabamos los dos rodando por el piso de la risa por lo bien que él los cuenta.

Sirve para hacerme de taxista gratis a los confines de la Habana, batear a la zurda mejor que yo y dejarme salir adelante en las carreras de natación, para luego ganarme sin mayores contratiempos.

Sirve para cagarme en la perra genética, por como me gana en el pulso sin haber hecho nunca ejercicios, o por como presume de lo bonito que es, de lo superior que es su pelo al mío, o de como lo miran las titis del barrio.

Sirve para ir juntos al Latino y gritar alto por los Industriales y para mandarnos mensajes  burlándonos cada vez que Cristiano Ronaldo o Messi le meten un gol al otro.

Sirve para resolver todos los problemas casero-tecnológicos que me dan tanta pereza y que si el está cerca no parecen problemas, como aquella ducha rota que arregló en lo que yo googleaba “como reparar una ducha”.

Sirve como actualizador de todos los temas nuevos de la timba y el reguetón, de los cortes de pelo y de que como se usan los jeans en la Habana.

Sirve para vender unos zapatos a cualquiera en la calle en 10 minutos, después de yo lo intentara sin éxito por 2 horas.

Sirve para estar mil días separados y respirar aliviados el día que por fin compartimos par de cervezas en lo que la brisa marina nos refresca la cara.

Sirve para ver lo muchísimo que nos parecemos más allá de las mil diferencias que ven todos.

Sirve para ver como se miran papá y él sin que ninguno de los dos se de cuenta de cómo lo mira el otro, ni de como los miro yo.

Sirve para cantar juntos esta canción en el carro, por todo el malecón habanero.

Pero sobre todo sirve para decirle que lo extraño, hoy, un día cualquiera que no es su cumpleaños ni nada, para decirle también que lo quiero mucho y necesito que lo sepa, hermanito de los espaguetis.

Wanted (preferably alive)

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Se busca exploradora dispuesta a encontrarme. Se busca ancla para no ir a la deriva. Se busca mujer rara para un tipo raro. Se busca exorcista para entrar y poner en orden mi vida. Se busca indignada que pelee por no querer ir a la boda de su amiga el día que juegue Industriales contra las Tunas o Argentina contra Mozambique. Se busca no vegetariana para ser felices comiendo perdices. Se busca cómplice para quemar juntos la sede del FMI y destruir el anillo en Mordor. Se busca diletante para intentar comprender mis teorías descabelladas. Se busca atrevida que haga de público agradecido y estoico para mis chistes malos. Se busca viajera dispuesta a irnos a remotos parajes y de la cama a la alfombra voladora. Se busca indecente que coma el resto del pollo con las manos, ande descalza y se tire peos sin esconderse. Se busca voluntaria para destripar películas, series y los discos de Ricardo Arjona. Se busca trovardiente y beatlómana para ponernos a hablar de las calles de la Habana Vieja y de Liverpool. Se busca kamikaze dispuesta a ducharse conmigo en invierno, si se rompe el calentador. Se busca profesora que ponga los puntos sobre mis íes. Se busca dictadora que me condene al ostracismo hasta que no termine su libro. Se busca guitarrista que acompañe mis anti-cantos después del vino, y que se ría de ellos. Se busca mujer valiente pero con miedos, que se atreva a domesticar mi ego e irse a la guerra conmigo pero que diga a veces: “dame un ladito y abrázame, mi amor”. Se busca farolera que ilumine mis noches sin estrellas. Se busca risueña sin remedio, que se ría principalmente de lo irrisible, de mi, de ella, del mundo, creo que no hay nada mejor en este mundo que escuchar a una chica reírSe busca, en resumen, zapatera que remiende mis zapatos viejos, para recorrer siempre caminos nuevos.

Ya se que todos la andamos buscando y que solo algunos la encuentran. Por eso realmente espero que no aparezca, porque yo lo que realmente quiero, es buscarla.

Una verdad

Ellos declaran:

Lo único que quiero es la verdad, sólo dame algo de verdad.

John Lennon

Todo el mundo ama el sonido de un tren en la distancia. Todo el mundo cree que es la verdad.

Paul Simon

La verdad era oscura, profunda y muy pura, por eso para vivirla hay que explotar.

Bob Dylan

Como pez que busca el agua, la verdad dará contigo.

Cat Stevens

No creas todo lo que cuentan lo que dicen, a veces la verdad no es la verdad tal cual la ves, las cosas quedan del fervor que las repite, y a veces la verdad se encuentra en el revés.

Pedro Guerra

No le hagas caso a tanto misterio, vos ya sabés la verdad;  que no hay nada peor para esta seriedad, que tomársela en serio.

Jorge Drexler

La verdad de la verdad es que nunca es una, ni la mía, ni la de él, ni la tuya.

Carlos Varela

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Joan Manuel Serrat

Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad.

Joaquín Sabina

La cuchilla del amor, la náusea del cerebro, la verdad de la verdad, que no tenemos dentro.

Santiago Feliú

No se me ocurre otra manera de manera de vencer la eterna duda, que someterme a la verdad finita de tu piel desnuda.

Luis Eduardo Aute

Porque años atrás tomar tu mano, robarte un beso, sin forzar un momento formaban parte de una verdad.

Pablo Milanés

Pero vale la canción buena tormenta. Y la compañía vale soledad. Siempre vale la agonía de la prisa. Aunque se llene de sillas la verdad.

Silvio Rodríguez

Y anuncia otro tipo ahí:

La verdad son tus ojos, tan absolutamente ciertos como para ser verdad.12118837_810020399109400_8216711551918333685_n

Yo no tanto como él….

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Esto va de mi padre o también, del tipo más grande que conozco, por mucho. No voy a decir nada nuevo que él no sepa,y no aprovecho especialmente porque es su cumpleaños ni porque hace hoy 537 días que no lo veo (si, porque verlo mediante una pantalla es una migaja burda si no me da un abrazo quebrantahuesos de los que él sabe que me fastidian), sino porque simplemente lo extraño y la verdad, me parece que esa es una razón más que suficiente.

Mi padre casi no disfrutó a su padre, y nosotros fuimos los más perjudicados de eso, pues nos ha amado a borbotones y a tiempo completo a mi y a mi hermano. Ya sé que todo padre es así, o debería ser así, pero cuando tu viejo desde el otro lado del continente calcula la diferencia horaria contigo para estar pendiente de ti cada vez que sales tarde en la noche y se preocupa si no le dices que llegaste bien, no sé, pero tu sabes ahí que te tocó alguien especial, alguien muy grande.

Yo no supe lo que era una ómnibus ni andar en auto hasta bastante crecido pero si supe lo que era meter los tobillos en medio de los rayos de la rueda de una bicicleta yendo a todos lados o a caminar Malecón arriba y abajo, o a sentirme muy grande en sus hombros en los conciertos de la escalinata de la Universidad de La Habana en aquellos años del Período Especial. La mejor inversión que hizo en su vida fue haber sido ciclista en su juventud ya que durante ese imperio instaurado por las bicicletas en la Habana a principios de los 90, aquella Forever China con dos chiquitos y un flaco hecho leña (a veces con mi mamá también) lo mismo agarraba para las playas del Este que para el Parque Lenin, que para el Acuario.

No voy a decir que me enseñó muchas cosas porque no es algo que sucedió en el pasado. Pero si supe algunas palabras de ruso que utilizábamos como amuleto antes de la pruebas o lo que era ir al Latino a gritar por los Industriales aunque perdieran (que era siempre,ir con él = perder,fijo) o lo que era la música setentera a través de tandas diarias de canciones de Barry White, Chicago, Earth, Wind and Fire, Kool and the Gang que luego cantábamos en un inglés chamusqueao sin tener idea de quienes eran ellos.También me enseñó a contentarme con las cosas simples y realmente importantes, como cuidar a un amigo o a llevar sin complejos un reloj viejo que dé la hora sin ser de marca. Me abrió el hambre al conocimiento y a la lectura, a investigar siempre y no quedarme en la superficie para tener mi opinión, a tener amor por las matemáticas y a la tierra de donde venimos, y a amar a los tuyos por sobre todo, pero sobre todo, a amar. 

Yo que no tengo Dios, lo tengo a él, a mi hermano y a mi mamá en mi Panteón. Pero es un Dios imperfecto, como son todos los dioses. Parecerá broma pero él y yo explotamos cuando estamos juntos pues tiene una cabeza tan grande como la mía, yo aprendí del mejor. No ceja a no ser que lo convenzan, y además de eso, se está poniendo viejo, así que además ganar en sabiduría con los años, gana en terquedad. Habla a veces gritando cuando se encabrona, que es muchas veces, y uno se lamenta del tremendo talento que perdió el teatro lírico internacional. No estamos de acuerdo (ni estaremos) en mil y una cosas, pero siempre ha defendido que tenga mi opinión y de vez en cuando tiene soluciones educativas salomónicas de dudosa efectividad como hacer que uno de sus hijos camine descalzo de la escuela a la casa por jugar fútbol con los zapatos recién comprados. No me pregunten quien fue ese hijo que yo también quiero conocerlo, algún hermano regado que tengo por ahí.

Mi padre, es un tuerquista, porque además de ser Ingeniero Mecánico, el mundo que conozco, sin él se derrumbaría. Ha estado abajo, muy abajo, pero es un renacedor, todo el tiempo, dando ejemplo y eligiendo luchar, no yéndose por el camino fácil, siendo lo que ha querido y a veces lo que ha podido, pero siempre el más entregado y profesional en su trabajo, desde carpintero, hasta director de una empresa estatal, hasta un informático capaz de enseñarme cosas a mi.

Así que puede que el quiera ser comunista fidelista, o capitalista republicano seguidor de Donald Trump, o católico, o yihadista, o transexual, y que yo no seré tanto como él, pero quien le ponga un dedo encima, va a conocer mi carey.

Él dice que yo no le cuento todas las cosas y que soy reservado para mucho de lo que me pasa, y creo que tiene razón, pero hay un grito que pretendo que sea más alto que cualquiera de los suyos, cuándo digo que te quiero, viejo.

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Tres de cada cuatro amigos que tengo aquí ya fue asaltado y el cuarto sabe que lo será pronto. Hay violencia y marginalidad, mucha, de las que se puede tocar. Y las favelas, las favelas no son esos cuentos de niños con chambelonas que pinta la Globo. La mayoría de los niños salen tempranito a trabajar, o a hurgar en la basura, o a pedir comida y dinero a los que pasan, pues la Nina real, nace, vive su vida entera, y muere en el basurero, sin que a casi nadie le importe una mierda.

Pero hay unos colores que matan, y un Carnaval en febrero donde es todos con todos y que se acabe el mundo, y multitud de iglesias y de gente amable. Y música como aire, samba, forro, sertanejo, bossa, en cada esquina, con muchachas lindísimas de pelo rizado, bailando, es decir, bailándote y peor, sonriéndote. Mil y una gracias por la magia, Cidade Maravilhosa, a pesar de esas Ninas que te aprietan el pecho de impotencia, ya me tocará extrañarte en un páramo nevado o en un gris demoledor de edificios sin sentido, pero todavía no.

A mi, si un día me voy y no regreso nunca (viajando en una nube de tus horas añadiría Vicente), que me busquen en aquellas de allá, en unos de aquellos manojos de verde en medio de tanto azul. Estaré, esperemos, con alguna de las muchachas lindísimas de pelo rizado, luego, que sea un visita breve.