Yo no sé, yo no quiero

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G y Malecón. Septiembre, 2019.

Amanece. Estoy triste.

Desde la ventana de mi hotel en Lattaquié contemplo el mar Mediterráneo.

No sé por qué recuerdo la bahía de La Habana.

 Acaso por la forma de la orilla o quizá porque hay modo de estar en Siria y a la vez en Cuba.

Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí)

Yo nací en el Vedado el 30 de julio de 1986, apenas unos meses después de que Marquetti le cazara el tenedor a Rogelio García y le pusiera la bola en las gradas para darle el campeonato a La Habana después de 13 años en el acto supremo de industrialismo por excelencia. Mi madre estuvo dos días ingresada antes de que yo naciera. Fui cesárea, nací a las 42 semanas y pesé 11.2 libras. Los doctores le dijeron a mi mamá que yo estaba tan gordo porque estaba pasadísimo de tiempo y que al parecer estaba muy cómodo porque no hacía el menor esfuerzo por nacer. Vago desde el día cero, coño. Yo me demoré un mes para llegar a la Habana y 5 años después de haber emigrado definitivamente lejos de ella, todavía no sé cómo irme.

Yo no tengo ninguna foto de La Catedral ni del Malecón colgada en mi casa porque no me hace falta, La Habana va conmigo a todas partes. Yo pudiera decir que La Habana es mi mamá, mi hermano, el resto de mi familia y los amigos como casas que aún tengo regados por allá. O es mi profesor de la primaria, viejito ya, al que visito cuando regreso y nos ponemos a rememorar cuando hace 25 años nos quedábamos mucho después de las 4 y 20 para seguir haciendo problemas matemáticos como preparación para los concursos, aunque en realidad ambos sabíamos que nos quedábamos solo por el placer de seguir resolviendo problemas matemáticos. O todos los cuadrados que rayamos con tiza en las paredes de los edificios del barrio para jugar al taco con un palo y una pelota hecha con una media, una bolita de desodorante y esparadrapo. O es el “chofe déjame aquí”, el “¿chofe llega hasta Tercera?”, el “chofe dame un chance atrás”, el “socio, no me tires la puerta cuando te bajes”, el “hermano, ¿se demora mucho esa pizza?”, y un montón de frases que tengo que confirmar si todavía se usan cada vez que vuelvo para no pasar por cheo. O todas las muchachas de las que me enamoré, o todas las que me hicieron mierda el corazón.

Pudiera decir todo eso, pero también pudiera decir que La Habana son lugares muy concretos. Es el parque Maceo y papá enseñándonos a mi hermano y a mí a montar bicicleta y a como agarrar el bate sin separar nunca los ojos de la pelota.  Es el parque de Palatino, donde reencontrar y despedir a los amigos de la Lenin los fines de semana antes y después del pase. Es la guarapera de la CUJAE donde refrescar la garganta con aquella cosa horriblemente empalagosa pero que servía para no desfallecer por el camino en el viaje de 2 horas en guagua hasta mi casa al otro lado de la ciudad. Es el portal del Chaplin y el “tremendo filme, ¿y ahora pa donde cogemos?”. Es el parque Lennon. Es tus besos en el parque Lennon (y en todos los demás). Es el Hubert, el Mella, la Casona de Línea, el cine La Rampa, el Trianón, el Karl Marx, el Sótano, y todos esos lugares a los que siempre llegué tarde mientras tú me esperabas con tremendo mal genio. Es la Plaza de Armas que se abre llena de luz después del tumulto y el bullicio de Obispo. Es la loma de la Iglesia del Ángel en donde nos reíamos de cualquier cosa aquel día en que te estrenaste ese vestido y donde nos tiramos aquellas fotos que ya no puedo volver a ver.  Es el parque del Quijote y el “¿cuándo pinga va a pasar la confronta de la 195?”. Es Prado entre Refugio y Colón y unos refrescos gaseados de mierda a los que me hice adicto en lo que esperaba el P11 bajo un sol imposible. Es el Latino y nosotros gritando con dos outs en el noveno “Malleta, decide tú”. Son los banquitos frente a Casa, la estatua de Calixto y el muro en G y Malecón donde más lindo y colorido se pone el sol en toda la Habana. Es nosotros abrazados viendo a Silvio cantándole al fantasma de alguien en una tarima improvisada en una esquina cualquiera de algún barrio cualquiera frente a un par de cientos de personas cualquiera. La Habana son dos cuerpos sudados, las carcajadas más estridentes, los ojos más bonitos que te miran fijo y el “ay, así, coño, así…” de un orgasmo en medio de un calor del carajo que no refresca un ventilador viejo, mientras un afilador de tijeras pregona allá afuera.

El problema es que La Habana ya no es nada de eso, salvo en mis memorias y en mi incurable nostalgia. Mi profesor me cuenta que después de jubilarse ya ni pasa por la escuela a preguntarle a los maestros casi tan jóvenes como sus alumnos si alguien está preparando a los niños para participar en los concursos. Los chamas del barrio ya no pueden jugar al taco en ninguna parte entre tanto terreno cercado y tanta mata de plátano infestada de caracoles africanos.  A Calixto lo trasladaron a otra parte y solo le dejaron los zapatos para que se sigan oxidando frente al mar. “Pipo, desde más lejos se oye más bonito”, me dijo una vez mi amigo, ingeniero informático como yo y que tiene que sobrevivir con los 400 pesos de salario estatal más lo que aparece de freelancing para llegar a fin de mes, cuando le bajé esta muela nostálgica un día entre Cristales y cigarros.

Se supondría que ya tendría que haber superado esto. Se supondría que habiendo conocido gente luminosa y habiendo tenido par de experiencias francamente espectaculares caminando sucio y feliz por Spanish Harlem, borracho de cerveza y de jazz por Frenchmen Street, o ronco de tanto gritar y tostado de sol en medio de un Mundial de Fútbol en Copacabana, esta atadura sentimental insular tendería a desparecer. Se supondría que habiendo hecho amigos y habiendo tenido amores que no hablaban mi idioma ni tenían una jodida idea de quien fue El Caballero de París esta sensación de desarraigo se hubiera quedado atrás. Se supondría que el maldito tiempo hubiera hecho lo suyo. Pero ni modo, en ninguna parte se me hincha tanto el pecho como cuando bajo por Prado con un maní en la mano y el sol se cuela entre los árboles y me da en la cara de idiota sonriente al que la gente mira sin saber de qué demonios se ríe.

Es muy cabrón seguir diciendo “¿Viste quien viene a la Habana?”, cómo si todavía estuviera allá. Es muy deprimente y cabrón seguir anclado a un lugar imaginario y seguir regresando una y otra vez en busca de algo que ya no existe. Envidio mucho a esos ciudadanos del mundo, a esas aves migratorias que logran desprenderse de todo sentimiento nacionalistoide y logran hacer del mundo su casa. Ya sé que “Al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver“, ya lo sé. Yo también quisiera no ser  una presa tan fácil de los resortes de la nostalgia. Imagino que al final el tiempo si hará lo suyo, que olvidaré, que dejaré atrás, que seguiré. Pero ahora mismo, yo no sé irme. Yo no quiero irme.

Escribo esto desde un Starbucks un día gris y frío de noviembre, en Winston-Salem, North Carolina. El café mocha no está mal, está caliente y sirve para calentar la garganta y traerle vida al cuerpo antes de manejar 15 minutos hasta la casa. Pienso en lo que me gustaría tomarme uno de esos guarapos horriblemente dulces ahora mismo. Llovizna. Pienso en lo bonita que es la lluvia cuando cae sobre los pinos y sobre todo este derrame de colores otoñales. Pienso en la Habana de lluvia. La lluvia que cae sobre los edificios en ruinas y se cuela entre las grietas de esas ruinas donde vive gente. Gente que nunca se va a poder dar el lujo de la nostalgia. Pienso en San Lázaro que revienta en fumarolas de vapor de tanto calor acumulado cuando llueve en verano, y en el arcoíris del después frente al Malecón, que nunca falla. Pienso que no hay ni habrá ciudad en el mundo que se moje más bella ni más lastimosamente que La Habana.

Nos queda todo

Destacado

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“Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha”.

Le dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en la cara. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante estas últimas semanas, y lo besa en la boca despacio. No le dice: “yo también”. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Pero él sabe que ha sufrido como solo sabe sufrir ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es, esa molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá. Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo y porque su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va, hace que lo que tiene que doler, le duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que le volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.

¿Para qué sirve mi hermano?

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Sirve para verlo, cada vez que cierro los ojos, muy serio y con sus ojos grandes llorosos, cuando todos coincidíamos muy formales, en lo sucio que estaba cuando nos lo encontramos en la basura, llenito de pies a cabeza de espaguetis.

Sirve para recordar, como si hubiese sido ayer, el día que me llené el dedo gordo de espinas de erizos porque se le antojó jugar de manos en la costa, precisamente aquel día, con ese  tremendo oleaje.

Sirve para no haber tenido pulovers, ni jeans, ni zapatos propios, y para verlo ahí, sintiéndose heredero de mis tenis, sabiendo que  yo nunca cabría en los suyos.

Sirve para verlo allá arriba, sonriendo en los hombros de mi papá en los conciertos, mientras que yo me resignaba a caminar por los siglos de los siglos.

Sirve para verlo llegar a la casa, con cara de fastidio, porque otra  maestra comentó que si “cuando tu hermano fue mi alumno esto o cuando tu hermano fue mi alumno lo otro”.

Sirve para azuzar al viejo en la bicicleta a que cogiera a aquel que va allá adelante, y “dale, que tu puedes, que hoy mamá hizo un desayuno reforzado”.

Sirve para que te cuente chistes tan re-pesaísimos y absurdos que al final acabamos los dos rodando por el piso de la risa por lo bien que él los cuenta.

Sirve para hacerme de taxista gratis a los confines de la Habana, batear a la zurda mejor que yo y dejarme salir adelante en las carreras de natación, para luego ganarme sin mayores contratiempos.

Sirve para cagarme en la perra genética, por como me gana en el pulso sin haber hecho nunca ejercicios, o por como presume de lo bonito que es, de lo superior que es su pelo al mío, o de como lo miran las titis del barrio.

Sirve para ir juntos al Latino y gritar alto por los Industriales y para mandarnos mensajes  burlándonos cada vez que Cristiano Ronaldo o Messi le meten un gol al otro.

Sirve para resolver todos los problemas casero-tecnológicos que me dan tanta pereza y que si el está cerca no parecen problemas, como aquella ducha rota que arregló en lo que yo googleaba “como reparar una ducha”.

Sirve como actualizador de todos los temas nuevos de la timba y el reguetón, de los cortes de pelo y de que como se usan los jeans en la Habana.

Sirve para vender unos zapatos a cualquiera en la calle en 10 minutos, después de yo lo intentara sin éxito por 2 horas.

Sirve para estar mil días separados y respirar aliviados el día que por fin compartimos par de cervezas en lo que la brisa marina nos refresca la cara.

Sirve para ver lo muchísimo que nos parecemos más allá de las mil diferencias que ven todos.

Sirve para ver como se miran papá y él sin que ninguno de los dos se de cuenta de cómo lo mira el otro, ni de como los miro yo.

Sirve para cantar juntos esta canción en el carro, por todo el malecón habanero.

Pero sobre todo sirve para decirle que lo extraño, hoy, un día cualquiera que no es su cumpleaños ni nada, para decirle también que lo quiero mucho y necesito que lo sepa, hermanito de los espaguetis.

Cachaças

Bueno, ahora resulta que no hablo español. Así como lo leen. Según algunos amigos hispanohablantes y otros que andan aprendiendo la lengua de Cervantes, lo que yo hablo es CUBANO, un idioma raro ahí que solo hablamos en aquella isla loca y que es imposible comprender cuando lo utilizo aquí o en algunos posts en Facebook. Además de eso, hay un par de amigos brasileros que se van a Cuba y me han pedido consejos lingüísticos para afrontar su aventura caribeña en medio de almendrones y la desgooglización imperante en ese lugar surreal. La idea que tienen es naufragar lo menos posible cuando le pregunten  cosas como “dame un chavito, un caña, una moja, un pèscao”  o “vamo pal gao”. Intentar además no quedarse en blanco ante afirmaciones del tipo:  “ustedes son unos fulas” o “están en talla”.

Así que poniéndome pedagógico y ahora que está de moda eso de enumerar cosas cada vez que uno va a viajar del tipo: 10 lugares a visitar en Groenlandia(innumerables, por lo que no caben aquí) o 10 consejos para sobrevivir en medio de los bosques de la British Columbia si te ataca un oso (Spoilet Alert: Ver The Renevant es uno de ellos!), me puse a pensar en algo que fuera realmente útil para ellos. Y bueno, evidentemente surgió esa multifacética y omnipresente palabra que todo nacido en ese chispazo de tierra en el mar conoce y que constituye la Lesson #1 de todo aquel que aspire a hablar algo de CUBANO. Así que les pasé y comparto con ustedes este brevísimo diccionario práctico de pingas cubanas para brasileiros que estén próximos a viajar a Cuba.

  1. Pinga = Cacete, buceta, pau (Em nenhuma circunstância é uma cachaça, não intentem perguntar por uma destas em um bar da Habana!)
  2. La pasé de pinga! = Foi ótimo! Show de bola! Que boa festa ! Quando repetimos ?
  3. La pasé de pinga (Com outro tom da frase, com mais desânimo) = Foi péssimo. A cerveja da festa estaba quente, que merda !
  4. Eso es una pinga = O que você me deu é uma merda, devolva-me meu dinheiro !
  5. Estuvo empingao, eres empingao = Gostei muito dessa roda de samba, me diverti muito ! Voce é legal meu amigo !
  6. Yo soy un pingú! = Eu sou um foda! Cadê esse leão?
  7. Yo soy un bola de pinga! = Eu sou um grande foda! Cadê esse dragão?
  8. La pinga pa to el mundo! = Fodam-se tudos filhos da puta! Cadê esse imbecil de Superman?
  9. ¿Qué pinga te pasa? = Qual o seu problema? Tá com vontade de morrer hoje ne ?
  10. Ese tipo es un comepinga = Esse cara é um estúpido, é chato, ele não presta.
  11. Eres apingante! = Você é impertinente e chato pra caralho!
  12. Mira que tu hablas pinga ! = Você fala mais merda que Donald Trump, Hitler e Kanye West. Juntos!
  13. Ni pinga! = Não ^ 100000000000000!
  14. Lo despingo! = Pede desculpas para minha mãe porque vou para a cadeia, mas eu acabo com ele!
  15. Vete pa casa de la pinga! = Vai pra puta que pariu! Vai tomar no cú!
  16. Me siento de pinga!: Sinto-me bem pra caramba! Onde é o próximo bloco ? Tem cerveja barata? Vamosss!!!
  17. No le voy a dar ni pinga: Tô nem aí. Me mudei de país!
  18. Ayyy, repiiiingaaa: Reação quando, por exemplo, você bate o dedinho do pé na quina e consegue olhar as constelações todas (ao mesmo tempo).
  19. Esa jeva está buena con pinga: Essa garota é gostosa pra caramba, acho que quero me casar com ela!

Nota al pie: Faltan más, es solo uma primera aproximación al lenguaje CUBANO para garantizar la sobrevivencia a mis amigos brazucos en medio de este tipo de cachaças cubanas.

Y si, es posible que algunos encumbrados mojigatos y literatos me acusen de ser un mal hablado (aunque yo le llame de acto altruista digno de algún premio de la UNESCO por promover la comunicación entre los pueblos). Así que si usted es de esos que no tomó esto como lo que es, una broma para relajar un poco, lo invito amablemente a visitar el lugar de la foto que muestro a continuación. Solo le advierto que puede que esté un poco concurrido por la cantidad de personas que envían desde Cuba diariamente más las que han enviado a lo largo de la historia. Una vez ahí, intente bajar un poco el nivel de su furia y tómese algunas pingas brasileras, van por mi.

Tanto tiempo enviando gente en su búsqueda, y aquí está !

Estando

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A Ladyrene, futura madre de mi sobrino, y por ser de esas  personas detallistas que más que regalos, regala momentos. Gracias enormes por llevarme.

No estuve ahí, como no he estado en muchísimos otros ahí, que de tantos, ya se me acumulan en un rincón del cuarto, como esos pulóvers que me encantan y que ya no me quedan bien, y uno trata de no mirar para que no te golpee la certeza de que no me los pondré más, que ya fueron, que tu madre no se escandalizará nuevamente con ese letrero incorrecto, ni ella te lo elogiará de nuevo, como aquella vez.

Además, me parece sacrílego, después de leer a Mónica, Rafa o Diana, por solo citar a algunos de los envidiados, malgastar palabras sobre ese destello lumínico irrepetible que fue la noche del 3 de octubre, en el concierto de Jorge Drexler en el Teatro Nacional de Cuba, en nuestra Habana, donde no estuve, estando, si es que pueden entender este trabalenguas. Porque no hay nada más frustrante y triste que querer ser espejo de una sensación y solo reflejar espejismos, es mejor dejarla ir.

Y ya, basta de melancolías, que bien visto, si bien no tengo a la Habana, tengo un wallpaper gratuito todos los días a base Bahía de Guanabara + Cristo Redentor + Pão de Açucar, y tengo el mar, un mar que le falta a muchos. Pero aún así, esto es un intento de regalo para los que como yo, aún con borracheras semi-gratis a base de caipirinhas y cachaças, aún con rodas de samba en cada esquina, andamos con los pulóveres desechados en un rincón. A los que en algún gris de alguna ciudad escuchan el bullicio y las risas estridentes en la cola, o ven las caras emocionadas de los amigos que sabías que verías ahí, o que se mueren por un maní garapiñao de los que venden a la entrada de ese teatro.

Para ellos, para nosotros. ¿ Vamos ?

Tú no te retiras, Carmela

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Alina Rodríguez(Carmela) en Conducta (2012)

Acabo de leer que Carmela acaba de dejarnos, que no pudo en una lucha desigual contra un cáncer que logró segarle la vida y a mi se me ha encogido el pecho de tristeza y rabia por tanta injusta enfermedad a tanta gente inmensa y llena de vida. Pero Carmela no se llama Carmela, se llama también Justa, María Antonia, y sólo a veces, Alina Rodríguez, una de las actrices más queridas y admiradas por el pueblo cubano en los últimos años.

Desde la mañana de ayer corrieron los rumores de su muerte por redes sociales y blogs y aunque no había nada claro, a mi me dolía ya. Yo quise seguir creyendo que la risa y sencillez de esa gran mujer iban a acompañarnos por mucho tiempo más, que Chala tendría en su clase a su maestra (que no es su abuela, pero ojalá lo fuera) y que Lucio Contreras seguiría peleando y queriendo a su criada de carácter firme, la única que osaba enfrentarlo.

No puedo decir mucho más, porque uno se empequeñece ante el pesar y no puede articular otra cosa que una muestra inútil de esta sensación de incredulidad que nos rodea. Muerte, puta vieja, intentaste llevártela, pero te jodiste, porque aquí está entre nosotros. Y tú, quédate tranquila y sonriente en medio de este absurdo, mi Carmela buena, que no dejaremos que te retires nunca.

-Yo creía que tu estabas en “cana”.

-Que va Tino,eso es lo que muchos quisieran, pero todavía hay María Antonia pa rato.

(María Antonia, 1990)

“¡Qué tronco de actriz es esa Alina Rodríguez!, para los cubanos ¡tronco! de lo que sea, es lo máximo, la cima, esa es la protagonista de María Antonia” (Consuelito Vidal)

“Me molesta que me roben en el mercado, me molesta muchísimo, porque yo soy una trabajadora igual que las demás. Me encanta mi país, me encanta mi pueblo, el cubano me encanta, me gusta la luz del atardecer en La Habana, creo que no la he visto en ningún lugar del mundo…..” (Alina Rodríguez)