Pasar página

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La Habana, Cuba. Julio 2019. Colores de una tarde feliz.

Cuando uno está triste por un amor que se ha truncado, triste realmente, superlativamente triste, de esas tristezas que te pegan al cuerpo como ropa mojada después de un aguacero y que no te puedes quitar, de esas que una vez que te sacas la ropa se te queda la humedad impregnada en el cuerpo, de esa humedad que luego te pasa a los pulmones y te provoca un catarro tremendo que luego muta a una neumonía, de esas neumonías que te hacen respirar con dificultad y que al cabo de los días te dejan una flema verde que tienes que ir escupiendo por ahí para no ahogarte y que te dejan la voz ronca y la garganta roja y adolorida de tanto toser, los amigos vienen y te dicen que pases página.

Lo dicen porque es lo que se dice, es lo que les dijeron a ellos alguna vez y es lo que has dicho tú también un montón de veces. El problema es que detrás de esa sencilla frase que te ofrecen tus amigos con tanta buena onda para ayudarte, hay un par de posibilidades ocultas.

Porque lo que ellos te quieren decir en verdad, lo que realmente significa pasar la página es que vuelvas a reír, que vuelvas a ilusionarte con algo, que vuelvas a hacer las cosas que disfrutabas hacer antes de que llegara ese amor. Y eventualmente, que vuelvas a amar.

El único problema es que en los tiempos modernos, tiempos hiperconectados, hiperinformatizados e hiperdigitalizados, las páginas que deben ser pasadas son virtuales, o lo que es lo mismo, son omnipresentes y están llenas de algoritmos inteligentes pero a la vez fríos e hijos de puta que te ponen en la cara cosas que preferirías no ver, lo que hace bastante difícil no ya pasar la página, sino doblarles al menos una esquinita. No importa cuanto lo evites, siempre va a parecer una notificación de un tag o un comentario de improviso en tu timeline, una story que no esperabas detrás de otra que veías al descuido, una foto que no querías ver y con la que te diste de bruces de pronto porque no fuiste lo suficientemente rápido para dar scroll. Y ahí estás nuevamente frente a ella.

Claro que hay opciones, se puede intentar cerrar la página de un tirón, desinstalar todas las apps del teléfono, marcharse de todas las redes sociales, bloquearla de todas partes, desinstalar el navegador, desactivar la wi-fi, cortar la electricidad, arrojar el teléfono y la laptop a la basura, irte a vivir a una caverna, o simplemente, digámoslo alto y claro, tener el coraje suficiente para vivir una vida lejos del cibermundo, en donde no sólo se quedaría viviendo ella, sino donde se quedarían viviendo todos. Todos menos tú.

Solo que entonces no estarías pasando la página, estarías arrancándola. A esa página y a todas las páginas que vienen detrás. Estarías cerrando el libro.

Entonces te encuentras en medio de tu tristeza permanente ante dos disyuntivas: Una drástica que es cerrar el libro y la otra muy costosa que es dejar las cosas como están y aprender a lidiar con el libro, con la cubierta, con el lomo, con la página, con las páginas anteriores y con las que vendrán.

Entonces decides dejar la página donde está hasta que la página se pase sola. Y que tu tristeza y la neumonía duren lo que tengan que durar, y que duela lo que tenga que doler, y que la memoria sea todo lo cabronamente maravillosa y cruel que tenga que ser, y que tosas lo que tengas que toser hasta que entiendas que tu voz ya no es la misma voz, que es ahora más grave, que cambió para siempre. Y así, hasta que una tarde cualquiera, haciendo cualquier otra cosa, te tocas la garganta a ver qué tal el dolor y te sorprendes al notar como en esa zona tan grande de tu cuello que tanto te dolía, ahora lo que sientes son cosquillas, unas cosquillas que te hacen recordar cosas, cosas que están escritas en la página, y algo parecido a una sonrisa comienza a dibujarse en tu rostro.

Escalar

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Ella es de esas personas que tienen una extraña conexión con lo profundo. De esas personas que en algunos momentos de paz y equilibrio, puede apaciguar a los espíritus del mar y y calmar el temporal y la lluvia o convocarlos para desatar la tormenta y las olas a su antojo, tan solo para que el viento furioso le alborote el pelo.

Él es de esas personas que posee la valentía y la curiosidad de los primeros escaladores del Everest, que se arrojaban a la aventura con pocos implementos y la emoción en los ojos y en la sangre.  De esas personas que se lanzan a escalar porque saben que hay Everests que merecen ser escalados, tan solo para saber cómo se ve el mundo bajo los pies en la felicidad más alta.

Estas personas están profundamente conectadas a las primeras por la picada de un mismo mosquito o la mordida de un pez en el mismo río. También sucede que a veces, estos escaladores tienen la suerte de coincidir un día cualquiera en medio de su escalada con una de estas personas dueñas del mar, el viento y la lluvia en el momento en que se conectan con las fuerzas de la naturaleza. Y si tienen además la gracia y la chispa suficiente, pueden capturar esta conexión extraordinaria con los elementos en una imagen.

Lo que intento decir es que, si yo no hubiese estando viajando a tu lado aquella vez, no me hubiera comido unas croquetas caseras gloriosas en un vasito, no me habría detenido en un trozo de mar al borde de la carretera donde se juntan las olas con las nubes y el amor con la tristeza, y no hubiera tenido como destino de ese viaje, una felicidad compartida de mariposas en el estómago y pájaros en la cabeza, y la emoción simple y pura del sueño cumplido de un niño.

O no hubiera simplemente vivido, sin sentir vergüenza de ser feliz.

Y yo, que no soy bueno, me pondré a llorar

Un día Silvio Rodríguez y Pablo Milanés se van a morir.

Entonces los que necesitamos sus canciones como quien necesita el aire para vivir, vamos a llorar.

Vamos a llorar en silencio, cada vez que escuchemos las canciones del mulato sensible de inteligencia aguda detrás de las gafas de pasta. Vamos a llorar cuando escuchemos, años después en una noche cualquiera, a esa voz melódica que habla de nostalgias suavecitas y cálidas que se cuelan y te cobijan cuando todo es oscuro y donde se adivina el olor al mar Caribe que se añora y la callada manera en que se adentra ella sonriendo que decía Nicolás. Vamos a llorar cuando escuchemos esas canciones que hemos susurrado bajito al oído de alguna que otra muchacha y que hablan de amores de madrugada y de la melancolía de ese tiempo que se fue y que ya no vuelve.

Vamos a llorar también cuando escuchemos tiempo después la voz horrible del flaco con mirada de niño curioso salir desde unos casetes viejísimos y amarillos con una cinta tantas veces remendada, por tus padres primero y luego por ti. Esa voz chillona que lastima los oídos y que parece salir desde algún lugar perdido en el tiempo con la peor acústica jamás vista, pero que carajos importa si está diciendo que “el tiempo pasará y no te importará seguir diciendo amor frente al primer dolor, pero los años van a desgarrarte a ti como le pasa a él, como me pasa a mí”. Y no es que se lo esté diciendo a María o a ti, es que lo estás diciendo tú. Es tu dolor, eres tú mismo ahogándote en el desamor más grande, es el puñetazo en el corazón, es la necesidad urgente y la sed incurable por ella, es el aleteo de golondrinas, es la rabia, eres tú gritando, expulsándolo todo, una noche al fin, en una ráfaga terrible de ideas y metáforas hermosas e imposibles, que se desparraman sobre unas cuerdas en rasgueos de guitarra.

Serán lágrimas, sí.  Pero serán ese tipo de lágrimas que deja esa sensación de no haber amado en vano. Lágrimas de tristeza por la belleza que se pierde, pero lágrimas agradecidas por la belleza recibida, esa que no se irá ya, porque quedó demasiado adentro de uno mismo.

Entonces, también vamos a perdonarlos. Cómo perdona el que tiene el corazón blando y la memoria ancha. Vamos a perdonarlos porque vamos a darnos cuenta, que además de ser grandísimos poetas, eran hombres, con sus luces y sus sombras, como tú y como yo. Así que lo repetiré hoy, una vez más y cuántas veces haga falta: Señores y señoras, no dejaré de escuchar nunca a Silvio y a Pablo mientras me quede oxígeno en los pulmones y haya un sol brillando allá arriba sobre mí. Ya pueden sacar a pasear argumentos de “peso” o anécdotas ridículas. Que si uno no le habla al otro porque vio la mierda que el otro es. Que si uno es tan cínico que les canta a los pobres en los barrios y tiene miles de dólares en una cuenta de banco. Que si el otro es tan cínico que traicionó todas esas cosas con las que dijo que se quedaba para irse a decir cuatro verdades a emisoras del otro lado del charco. Pues yo seguiré desgañitándome con sus canciones, los días laborables y los feriados, los primeros de enero y los treinta de febrero, con la misma fuerza a los quince, a los cuarenta y cinco y a los cien. Y seguiré esperando, quizás demasiado ilusamente, cómo quien espera en una torre a su hijo que fue a luchar con el Minotauro, que alguien venga con velas blancas en su barca con la buena nueva de un reencuentro que nos absuelva finalmente de esta nostalgia crónica. Quien sabe, será que la necedad también parió conmigo. Será que llevo sus canciones prendadas al cuerpo como quien lleva los brazos y las piernas. Y que bueno, carajo.

Sin embargo, yo conozco de algunos que los llorarán más alto. Aquellos que necesitan de Silvio y Pablo para darle de comer a los cuervos negros de su amargura. Aquellos que son como aquella muchacha que le grita al novio cantante, canalla, y amante de las mujeres: “¡Vete a la mierda, hijoeputa, muérete y que no te vuelva a ver en lo que te queda de tu asquerosa vida!”, para luego ir corriendo a asomarse a la ventana a ver si es él quien pasa silbando por los portales esa cancioncita que le encanta, aunque le duela (o a las canciones de estos dos, con los audífonos puestos, en la noche, para que el mundo no se entere de su moral de cristal). Van a llorar alto, los enanos de espíritu, que de tanta bilis acumulada, y a falta de mariposas, serpientes de mar, unicornios azules, Yolandas o Sandras, prefieren cocinar lentecito, lentecito, las larvas de sus rencores, cómo conviene a los habitantes del pantano, hasta que un día el caldo de su odio les estalle en la cara. Aquellos que son incapaces de separar al arte del artista, aquellos que arremeten contra el alfil, porque al Rey, claro, a ese no le pueden dar ni jaque.

Y no los perdonarán. No podrán perdonarles, esos seres impolutos, esos guardianes de la verdad más absoluta, esos dueños del dolor más grande, de la justicia y del bien obrar, esos que jamás se han podido levantar del sofá de la mediocridad, que a aquellas otras criaturas apócrifas, se les saliera la genialidad por los poros y que sean tantas las gargantas que cantarán sus canciones y que los recordarán, desde tantos rincones. No les podrán perdonar que se hayan muerto como vivieron, que hayan dicho lo suyo a tiempo y sonrientes, con su rastro invitando a vivir y a soñar. No les perdonarán haberlos dejado huérfanos, indefensos, con un odio de menos.

 

Hippie new year

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El 2017 se ha ido no sin algunas heridas. Me ha dicho, antes de desaparecer entre la gente que repletaba el andén que me fíe del 2018, que nada malo se puede esperar de quien ha entrado con esa risa confiada y con esas dos botellas de vino tinto. Y estas son algunas de las otras cosas que nos hemos dicho mientras esperábamos sentados su tren , en un banco en la estación:

Lo de morir va muy en serio. Da igual que te sientas seguro caminando por las Ramblas, en un concierto en las Vegas, o en una casita en Ciego de Ávila. Te mueres y ya está, se acabó.

Las sillas se levantan y si compartes casa con una mujer, la tapa del baño se baja SIEMPRE, sin excusas. No hay mayor muestra de dejadez que olvidarse de esos detalles, y recordarlos, enamora.

La mayor pobreza es la mental y los números muchas veces no dicen nada. Se puede comer caro por 9 dólares, y barato por 200. Y si vives en un lugar frío, cómprate el jodido abrigo caro.

Jamás discutas con un amigo, con tu novia o con algún familiar por dinero.

El sentido del humor y la generosidad combina con todo, y es la mejor elegancia que existe. En asuntos amorosos suelen dar muy buenos resultados si se mezcla con la inteligencia y los buenos modales.

No critiques a una tercera persona por Whatsap o e-mail, es muy probable que le envíes por error ese mensaje a esa persona. El karma es un cabronazo y nunca descansa.

Confirmado: Hay que gastar más en libros que en ropa.

El dinero siempre puede volver, el tiempo, la reputación y la confianza, no.

Todo el mundo parece cobrar más que tú, viajar más que tú, y ser más felices que tú. También mienten más que tú.

Hay que alejarse de la siguiente geometría: triángulos amorosos, círculos viciosos y cabezas cuadradas.

Esto es muy serio, no corras por el borde de una piscina, y siempre, siempre, mira para los lados antes de cruzar la calle.

Hay que aprender a cambiar la goma del carro, destupir el tragante del lavamanos sin llamar a nadie, y hacer garbanzos y más platos con vegetales. También hay que aprender a presentar la comida, que a nadie le gusta comerse un cuadro de Pollock, por muy sabroso que sea ¿Recuerdan aquel mito que dice que el amor entra por la cocina? NOTICIA: ¡NO ES UN MITO!

Nunca seas el pesado que no le deja propina a la camarera porque no te trajo exactamente lo que pediste. Mañana el que puedes estar sirviendo un plato e intentando exprimir su inglés para comprender una orden eres tú.

El kindle y el libro no son bienes incompatibles ni contradictorios, al contrario, son perfectamente complementarios. Pero no dejes de usar siempre alguno. Lee, por Dios, que escapar de esta realidad,  sale totalmente gratis.

No hacen falta palabras para quererse. Si extrañas a tu amigo pero hace rato no se escriben, no le escribas, llámalo. Simplemente para escuchar su voz. El orgullo de hoy, es el tiempo perdido que ya no recuperarás mañana.

Dile algo a tu nuevo vecino, él también se muere de curiosidad por saber de dónde eres pero no se anima a hablarte.

No hay crisis que no se pueda solucionar con ocho horas seguidas de trabajo. Y recuerda que trabajar mucho no es lo mismo que trabajar duro. El foco y la concentración lo son todo.

Para ser estudiante no hay que estar matriculado en una universidad ni haciendo ningún doctorado. Estudiar es un state of mind.

Los secretos (los de verdad), ni al espejo.

Perdonar no es lo mismo que olvidar.

El amor cotidiano es la magia verdadera. Cuando la calma está tan viva que deja paso a los detalles, a las sutilezas de lo que sucede cuando solo basta mirarse y no hay dolor. El amor es memoria y es tiempo. Y qué bueno que te encontré, Gretel.

El hogar es donde está la familia. La geografía no es el enemigo, es la consecuencia de conflictos que enfrentan a quienes si tienen su familia al lado. Y que no es ninguna cobardía ni vergüenza ni derrota regresar a acompañar a los nuestros en su vejez, es exactamente lo contrario.

A riesgo de sonar a libro de autoayuda: se mejora sólo cuando se fracasa y el techo se lo pone uno mismo. Asumirse en nuestra propia mediocridad y falibilidad es una lección muy dura. Pero una vez que la aprendes sales renovado y reluciente. Y ya nadie te puede parar.

Y todavía no sé si el talento está antes o después de la pasión. Lo que si se es que cuando se encuentra, todo se incendia. Y a mí me gusta mucho quien soy cuando estoy programando o escribiendo.

Finalmente, he aprendido que es imposible agradar a todo el mundo, ni tú ni yo ni nadie somos un plato de macarrones con queso parmesano. Mejor agrádate a ti mismo, y te aseguro un sueño sin pesadillas y que podrás aguantarle la mirada el tipo que te mira en el espejo. “La angustia es el precio de ser uno mismo”, dijo el Rodríguez una vez, “Soy como quisieron ser pero tratando de ser yo”, dijo aquí el Milanés. Y sí que tienen razón los muy cabrones.

También aprendí que Messi es el ser humano que mejor ha tratado a un balón de futbol en la historia y que hará a Argentina campeona en Rusia 2018. Na, mentira, esto lo he sabido la vida entera.

En fin, próspero y hippie 2018 y que el año venga vacío de ataduras y lleno de enseñanzas también para ustedes, de luz y de puertas abiertas. Y gracias por la compañía,  amable pueblo lector.

G de ginger girl, gata, guardarraya y de Gretel

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Me gusta de Gretel, que cuando entras con ella algún lugar no sabes jamás como vas a salir. Puedes salir silbando, cantando, corriendo, con unas raquetas y botando unas pelotas de tenis, con un desodorante en los calzoncillos, con una tostadora en la mochila, con un libro de algún escritor desconocido chileno, una máscara de Catrina o una peluca de David Bowie. O unos condones de fresa y unas esposas.

Me gusta de Gretel que me lleva la contraria y que siempre tiene respuesta para todo. Que es tormentosa e intempestiva, pero que al final, cuando baja categoría de huracán 5 a brisa matutina, hace que su última palabra sea una conciliadora, como ahora, que se ha teñido el pelo de un rojo incendiario a un negro profundo y misterioso y hace ver anticuado el título de este post, pero no importa un carajo por lo bonito que le queda.

Me gusta de Gretel que es mi espejo más perfecto. Me hizo darme cuenta que es muy fácil que me entretenga con cualquier cosa: reconociendo ciudades en un mapa antiguo, identificando el canto de aquel insecto que canta allá afuera, o de canción en canción en bucle en Youtube hasta que me suelta un…..”dale para la cocina mijito que hoy te toca hacerme uno de tus pollos con papas y quiero calidad“.

Me gusta de Gretel que es de Güines y sabe de guateques y de comer guayabas maduras perdida en una guardarraya, y que es de Centro Habana y tiene siempre una frase sorprendente de allá en la chistera como: “Hay que estar aquí y no en la cola del pan”, y que es de este mundo y hace cosas como querer adoptar algún día un niño de la India y donar dinero a fundraisings para llevar juguetes a niños afectados en países destrozados por huracanes.

Me gusta de Gretel que no le importa el hecho que casi nadie le haya regalado la canción de Carlos Varela porque cada novio nuevo ha pensado que se la regaló el anterior, y que me ha pedido que mantenga inmutable esta hermosa tradición, exigiéndome además tres nuevas canciones diarias, en tres idiomas diferentes, como repertorio para usar bajo la ducha.

Me gusta de Gretel que se acurruca como una gata y ronronea cuando la acarician, que lo primero que hace por la mañana es besar y tomar café negro, que le gustan los piyamas coloridos y que exige silencio total en la mesa cuando comemos para contarnos las cosas del día en vez de ir corriendo al televisor a ver la serie de turno, y eso nadie lo hace ya.

Me gusta de Gretel que siempre usa emojis nuevos y no usa otros ya usados recientemente y que hacemos competencias de caras distorsionadas cuando no nos vemos y que terminamos siempre arrastrados de la risa.

Me gusta de Gretel que le guste experimentar nuevos tipos de cervezas artesanales, que siempre sale a bailar aunque nadie más lo esté haciendo y que se tire al agua de la piscina aunque esté congelada y se haya lavado la cabeza ayer.

Me gusta de Gretel que siempre que creo que conozco su universo de gustos visuales me viene con algo novedoso y super extraño: películas marroquíes, comerciales tailandeses, videomappings cubanos, videoclips polacos, películas eróticas hongkonesas de los años cincuenta.

Me gusta de Gretel que es valiente y que no la arrugan los retos (comenzando por el tremendísimo acto heroico de comerse lo que cocino), pero que tiene la sabiduría tremenda de aceptarse en sus limitaciones y en creer en las segundas oportunidades.

Me gusta de Gretel el hecho maravilloso y extraño de que me haga feliz a estas y a todas las horas y que no necesita que le de gracias, aunque comience con g.

Me gustas tú de ti, Gretel.

Junior

10590411_10204653257117775_244760397506415265_nLo he visto apenas una vez con anterioridad a esta, en una foto con mi amiga en Instagram, ella todavía entre sábanas y el encima de ella molestándola. Ambos felices y risueños. Ahora lo he conocido y enseguida se ha puesto contento y animado, fascinado por el nuevo especímen humano que lo visita. Me ha puesto su cabeza en las piernas clavándome sus ojos negrazos que me han hablado de un cansancio inmenso. Lo he acariciado distraídamente mientras conversaba con su dueña. Es un labrador negro, manso y fiel,  y va a morir hoy.

Y mientras intentaba darle ánimos a mi amiga, quien me explica lo mucho que él sufría por el cáncer sin cura que lo aquejaba desde hace tantos meses y lo difícil que era para ella esta situación, después de haberlo intentado todo y de tenerlo desde cachorro, me he acordado de Junior.

Junior no se llamaba Junior pero así le decía yo, porque era el delfín de la familia, y por tanto, el objeto de todas nuestras malacrianzas. Y ahora, donde iría el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, hay un salchicha con tremendas orejotas ladrando alto (créanme, muy alto), y así comienza esta película.

Escena #1: Tengo 15 años, y mi papá ha traído a una bola de pelos a la casa.

 —”No puede ser”,  pienso, poniendo mala cara. — “Llevo desde mi más tierna infancia pidiendo un canario, un pez, un gato, algún ser viviente que me acompañe, y ahora en plena adolescencia, cuando ya no hace falta, se aparecen ustedes con esta bola de pelos que sólo chilla y que cagará por doquier, y a la que habrá darle todo tipo de atenciones”. 

Pero no había nada que hacer, si mi papá, ese sargento de la limpieza y el orden, ese ser insumiso que hacía que nos laváramos las manos mi hermano y yo unas 10 veces cuando acariciábamos a un cachorrito para evitar esos millones de gérmenes que según él acechaban prestos a enfermarnos al menor descuido, ahora se pasaba la madrugada entera acariciando e intentando calmar a ese bicho que no cesaba de llorar llamando a su madre. Estábamos todos perdidos.

Escena #2: Tengo 18 años. Junior mueve la cola y ladra estruendosamente en la puerta intuyendo que me dispongo a salir a hacer alguna encomienda, y por tal que haga un poco de silencio, decido llevarlo conmigo. Cerca de mi destino, hay una casa con un patio muy grande donde habitan dos enormes dóbermans que llevan con mucha seriedad su función de cuidar la propiedad. Pero Junior es un tipo bravucón, sin dudas. Siempre fiero frente a estos dos perrazos que lo triplican en tamaño, les comienza a ladrar y les muestra los dientes. Obviamente, reja de por medio. Aprendí que más que fiero, Junior era un tipo sumamente sabio, y un conocedor de la máxima ancestral que reza: mejor decir que aquí corrió, que aquí murió, o lo que es mismo, conocedor de las ventajas evidentes de poner siempre la velocidad en función de la supervivencia en caso de no existir un resguardo en forma de reja.

Escena #3: Tengo 20 años. Un ciclón azota con saña la Habana. Junior anda perdido hace unas cinco horas, afuera ruge el huracán y se está acabando el mundo, y andamos todos desesperados porque no tenemos ni idea de donde está. Bueno, no sabemos donde pero si suponemos haciendo qué. Olvidé decirles que siempre fue todo un romántico, era algo superior a sus perrunas fuerzas, no había perra sata o de alcurnia que necesitara la atención de un macho que allá iba él a hacerle la corte con todos los perros de la comarca. Ahí lo veíamos regresar, a menudo todo mordido y arañado, pero con esa felicidad canina con la que se tiraba a descansar en su manta después del deber cumplido.

—”Lo dejé entrar, estaba todo entripado, tiritando de frío en la puerta, pero fue el único que no se fue cuando comenzaron los rayos y comenzó a soplar feo el viento. Ná, que se ganó a la Negrita, vénganlo a buscar en unos días cuando pase el cicloncito este, creo que la va a pasar mejor que todos nosotros juntos”, nos dijo nuestro vecino cuando finalmente dimos con él.

Creo que oficialmente fue ahí cuando comencé a querer mucho a Junior,  en parte por la preocupación que me ocasionó, en parte por el orgullo de saberlo digno de nuestra casta.

Escena #4: Tengo 22 años. Tengo prueba final de mañana de Cálculo II y me aguarda una larga noche con un montón de integrales por resolver para afilarme bien. Ya el resto de los traidores de mi familia hace rato se recogieron al buen dormir. Y ahí está él. Mirándome fijo con sus ojazos y sintiendo una mezcla de lástima por mi y de esperanza a que vaya a merendar en algún momento y le deje caer algo, pero acompañándome. A veces tirado en mis pies, a veces buscando mi mano para que le acariciara detrás de la oreja, justo donde le gustaba, pero siempre ahí. No me juzguen, pero más de una vez, al regresar contento a casa por una buena nota recibida, se lo decía primero a él. Y se alegraba, yo sé que se alegraba.

Escena #5: Tengo 25 años. Estamos todos en la playa y Junior se ha atrasado en lo que yo y mi hermano nos adentrábamos en el mar. No hacía falta ni llamarlo cuando de agua se trataba. Quizás fuera el hecho de que vivíamos cerquita de la costa, pero se acostumbró rápido al mar desde pequeño y aprendió a nadar con una agilidad realmente admirable.

—”No llega, estamos demasiado lejos, ve a buscarlo, se va a ahogar el pobre bicho, mira el oleaje que hace”, le digo a mi hermano.

Mi hermano me mira de soslayo y se ríe bajito. Junior llegó, medio muerto, tosiendo agua salada, pero llegó. Y no solo eso, sino que después no quería abandonar el agua. Mi hermano, cuyo hobby siempre fue nadar con él, siempre supo que lograría llegar sin problemas.  Yo en cambio,  en ese momento no supe si lo que había criado todos esos años había sido un perro o una nutria. Todavía no lo sé.

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Escena #5: Tengo 27 años. Estoy en Brasil y mi hermano me escribe que Junior ha muerto. Recuerdo haberlo llorado sin lágrimas toda una noche, insomne y lleno de rabia, maldiciendo a esas enfermedades que prefieren a los mejores, en su caso, una que le impedía ver y que no le permitía levantar ya ni los pies. Recuerdo además haber recriminado a mi hermano el hecho de haberle retribuido a tantos años de amor con esa piedad paradójica y brutal de que hacemos gala los humanos, dándole un final rápido e indoloro. Mi hermano, luego de una pausa que yo sabía bien que no era causada por la demora en recibir un mensaje desde Cuba por lo paupérrimo de la comunicación y si por un dolor similar al mío, me dijo algo que me sacudió mis adentros y me hizo admirarlo mucho más que lo que ya lo admiraba:

 —”¿Te imaginas lo difícil que fue para mi estar en todo el proceso y luego cargar con él en una manta? Tan solo se quedó dormido, y nada más. Yo hice un cartelito en el lugar donde lo enterré y puedes estar seguro que cuando vengas, vamos juntos”

Escena #6: Tengo 30 años. Junior murió hace 3 y muchas de mis vivencias con él son recuerdos e imágenes borrosas de infancia y adolescencia que ahora intento plasmar aquí. Nunca más me plantié tener otro perro. Quiero creer que la pequeña fosa en que yace muchos niños juguetean diriamente encima de él. Mi amiga, como hice yo, lo llorará un tiempo y quizás dentro de unos meses será sólo un recuerdo, y cuando el nuevo cachorro haga su entrada ni siquiera eso, porque el olvido sigue siendo nuestro paliativo preferido. Yo intento animarla y me viene a la mente el perro semihundido de Goya, que desde siempre me ha borrado la felicidad y llenado de tristeza por todos esos animalitos que nos llenan de luz, siempre sin esperar nada a cambio, y que a menudo tanto maltratamos.

Detalle de Perro semihundido, de Francisco de Goya

Por estos días, no cesa de llover, recuerdo que aquellos días tristes cuando Junior se fue, también llovía. Creo que entre tantas tristezas,  es un alivio tanta lluvia. No ha de brillar el sol cuando muere un perro bueno.

La gente simple

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– ¿Cuál refresco es este que sabe tan raro y sabroso, mamá ?

Y cuentan que mi mamá, que creció en medio de aquellos tiempos de bonanza soviética,  se echó a llorar, porque yo, con siete años, e inmersos como estábamos en el Período Especial, no sabía aún a que sabía la malta.

Luego me tocó crecer, y esto vino con muchos beneficios, pero con algunos inconvenientes, como por ejemplo, que las preguntas me las comenzaron a hacer a mí.

 – ¿Mira el reloj que me compré el otro día, a qué es lindo? – Me pregunta ella, cubana y residente en Miami como yo, enseñándome en su muñeca su Rolex plateado, lujoso y llamativo.  Y yo no puedo hacer otra cosa que no sea asentir.

 – ¿Sabes para que son esas esferitas que tiene dentro ? – Le pregunto desde la más sincera curiosidad.

– Creo que una indica los días de las semana, las otras dos no se bien, pero mira estos doce diamantitos que tiene, uno en cada hora. ¿Hermosos, verdad ?

Me cuenta además, que le ha costado una pequeña fortuna y sonríe, orgullosa de su logro. La pregunta comienza a revolotearme como una golondrina sobre la cabeza, pero la veo a ella, con sus ojos tan chispeantes como las piedras brillantes de su reloj y tan ilusionada con su valioso objeto, que decido no dejar al ave hacer de las suyas. A fin de cuentas, no creo que sea muy educado preguntarle a alguien por qué gasta cientos de dólares en un reloj que da la hora como cualquier otro, y que tiene ese precio aquí en los Estados Unidos, porque si llega a ser en Latinoamérica, costaría el doble.

Tengo la certeza y asumo que es un problema mío, ya que tengo la manía de nadar contracorriente, pero nunca he comprendido la obsesión de tantas personas por las marcas y me aterran los precios exorbitantes que veo por todos lados tan solo entro en un centro comercial, pero no tanto como me asustan las ganas que tienen muchos de pagarlos. Suelto entonces nuevamente a mi golondrina curiosa e intento buscarle explicaciones a mi fobia.

Puedo comprender que mi amiga tenga algún tipo de trauma por las escaseces que nos tocó vivir en Cuba y que se escude en la idea de que los productos de marca tienen más calidad, lo cual muchas veces es cierto. Pero luego pienso en mi mamá llorando de tristeza porque no conocía la malta, visualizo también a mi relojito digital Casio, el mismo que usé toda la primaria y al que tuve que cambiarle la manilla tres veces, pero que aguantó aguaceros estoicamente y dio siempre la hora exacta. Pienso además en un montón de amigos nacidos en similares circunstancias,  y que solo necesitan un par de zapatos donde meter los dedos para caminar, o unas gafas para protegerse del sol, o un bolso para llevar cosas. Ya que al final, ¿que cosa es un bolso, sino un algo para echar el celular, la cartera, el libro (ah, que más quisiera yo, pero déjenme soñar un poco) y otros mil tarecos del diario que necesitamos todos?  ¿Cómo es posible entonces que cueste cuatro meses de salario? ¿Cómo es posible que alguien lo escoja cuando pueden comprarse cien bolsos por un quinto de ese precio? ¿Sólo porque lo dicen los sabios señores de Chanel, Prada o Gucci?

¿Quién dio el pistoletazo de salida para esta carrera donde todos persiguen furiosos todo aquello que tenga un cartelito? No importa que no sea funcional o elegante, cualquier objeto con una marca es automáticamente santificado. No importa a donde se mire, no se habla de otra cosa, los tentáculos de la moda de turno te llena los ojos y todo son marcas, marcas, marcas….Nadie es inmune, todos caemos en la tentación, aunque cada cual tiene la elección de aplicarse el antídoto de vez en cuando.

– No le des más vueltas. No creo que las grandes marcas se hayan hecho para los locos como tu y tus amigos, que se sientan en la hierba mojada a esperar a que comience el concierto, mientras reverencian a la única marca que saben reverenciar: la del ron Santiago.  Tampoco creo que sean las carencias las que la hagan diferente a ella de ti y de esos amigos tuyos. Sentido común amigo mío, es el sentido común. A la gente simple le bastan las cosas simples, quédate con eso.  – Me dice desde las alturas mi amiga alada.

– Y a propósito…¿Cuál era la marca de aquella malta tan sabrosa?

Comodidades

El roce de una mano, en tu mano, caminando por la calle.

El viento. Los flamboyanes rojos. El viento jugando en los flamboyanes rojos.

El olor a vida primigenia que despide la hierba recién cortada.

La canción que te gusta, de repente, en la radio.

Hacer el amor hasta que duela.

Mirarte al espejo y parecerte cada vez más a tu viejo.

Abrazar a un amigo de improviso, cuando menos se lo espere, pensando en que quizás sea cuando más lo necesite.

Los zapatos y los calzoncillos cómodos. Y las medias de lana.

El primer sorbo de café, al levantarse.

Un jabón que huele a tu mamá.

Resolver un problema matemático. Y gritar…Eureka ! para hacerlo más emocionante.

Los colores del otoño.

Tirarse en la hierba, a observar la luna llena o a buscar figuras en las nubes.

Los buenos recuerdos que otros tienen de ti.

Pertenecer a uno de las pocas especies del reino animal, cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. Parece un chiste, pero no lo es.

Sentir el olor a mar al atardecer, o por la mañanita temprano. Y dejar que te llene los pulmones.

El intervalo que existe entre el relámpago y el trueno.

Invitarla finalmente a un trago. Sentir la adrenalina, el cosquilleo, el llamado de la jungla, de ese momento antes de hablarle.

La risa de tu hermano cuando explota y te contagia.

Ejercer de voyeur, como James Stewart en la Ventana Indiscreta o como Amélie, y descubrir a una vecina adorable.

Mirar las cicatrices que te recuerdan las trastadas y los amigos de la infancia.

Oir a los Beatles en un playlist aleatorio, o a Silvio, o a Chico, y cantar cada tema bien alto. O creerse Freddie y cantar bien alto eso de Scaramouch, scaramouch will you do the fandango, como si tuviéramos idea de lo que significa. Contar los últimos días antes de que salga el disco de tu banda preferida, para luego no poder escuchar nada más por días y días.

Un familiar o amigo que ya no tiene fiebre.

Sentarse en un banco en un parque,  y observar, simplemente.

Los primeros días de (casi) todo.

Dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Despertarse a las 12, y volver a dormir hasta estar cansado de tanto dormir.  Dormir con ropa después de una borrachera. No fregar ni un carajo hasta mañana. Eructar. Y tirarse un peo sonoro. Vamos, dejémonos el lirismo un momento, que estas comodidades mundanas, son las verdaderas. Y lo sabes.

Cualquier vino, en una buena compañía.

Conseguir acabar un libro, y sentir la melancolía, el desasosiego, pero también la alegría. Sentirse como un niño de nuevo releyendo a Verne, a Herminio Almendros o a Horacio Quiroga.

Salir a andar, sin tener ni prisa, ni destino fijo. Y sin Google Maps, no sean papanatas.

Irse a Youtube, teclear: Les Luthiers, Charlie Chaplin, Mr Bean, Buster Keaton, Benny Hill, Cantinflas.  Acomodarse. Y gozar.

El aire húmedo antes de la tormenta que viene.

Los músicos callejeros. Pero los que tienen instrumentos de verdad y hacen música de verdad.

La riqueza maravillosa de la lengua española. Poder jugar con palabras como gárgola, alba, sempiterno, ánfora, almendrado, epifanía, luminiscencia, aurora. Poder también escribir metáforas como “tenía la sonrisa nacarada, los ojos de un negro tan intenso como dos ventanas abiertas al cielo en una noche de verano y unas curvas apocalípticas marcadas por la majestuosidad del mar” y que te entiendan. O decir: “era una mujer hermosa y estaba buenísima”, y que te entiendan igual.

Comerse un glorioso, fenomenal, fabuloso, alucinante, pote de dulce de leche, a cucharadas.

Coger un mango, directamente del árbol. Uno dulce y enorme. Chupar la semilla sin importar los pelitos entre los dientes. Sentir, como lo debieron sentir nuestros abuelos en el Paleolítico, como el zumo se escurre entre los dedos.

Engancharse una mochila, caminar cuesta arriba, sudar, maldecir, casi desfallecer, y revivir con una vista como esta como recompensa.

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Mirador do Parque da Cidade, Niterói, Rio de Janeiro

Escribir un poema, narrar una historia, o hacer una lista tonta como esta, por el solo placer de hace una lista tonta como esta.

Las películas francesas. Vale, el buen cine. Pero las películas francesas.

Ver a un actor, haciendo una representación quebrantahuesos de una obra de Shakespeare, como Dios manda.

Bailar tonta y felizmente,  y provocar la risa de todos, pero la tuya de primera, como el amigo Matt aquí.

Acumular datos inútiles, como que el graznido de un pato no hace eco y nadie sabe porqué, o que el 15% de las mujeres americanas se mandan flores a si mismas en el día de los enamorados, y descubrir que al otro lado de la red existe una amiga tan friki como tú (o quizás más), quien no se autoenvía flores el día de los enamorados, pero que se maravilla contigo de todo esto.

Encontrar a Geraldine en los confines de Internet, y quedarse absorto mirándola, maravillándose de su belleza melancólica y decadente.

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Enamorarse de una voz como la de Adriana, que es un remanso, un campo de margaritas, un universo paralelo y un “abrázame bajo la manta, muchacha, que tengo frío”.

 

Para todo lo demás, y si tienes tan mala suerte de no tener tus propias comodidades ensanchapecho, está MasterCard

Formas de regresar a casa…y de no

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—E você, cubano, tem saudade de Cuba ? —me ha preguntado casi gritando una amiga, con la música estridente de fondo, en uno de esos encuentros de amigos  llenos de ruido y cervezas, tan a la carioca way.

He tenido que ponerme a meditar la respuesta, no por la caipirinha  que tenía en la mano, sino porque he necesitado sentirla adentro, y porque es la única manera que conozco de hablar de ciertas cosas.

Cuba son mis abuelos y bisabuelos, dos muy blancos y dos medio mulatos, descendientes de canarios unos, de  franceses otros,  devotos de la Virgen de la Caridad del Cobre todos.

Cuba es el sofrito y el potaje insuperable de mi mamá los domingos al mediodía y la natilla y el pudín de mi abuela. Y el no poder disfrutar nada de esto a placer, porque si te demoras mucho los primos te dan alante en la segunda vuelta.

Cuba es mi madre, con sus ojos soñadores de muchacha eterna. Y sus fotos ocre de los 70 donde aparece con su belleza de valkiria y pantalones campana, lista para partir al concierto de algún trovador desgarbado de voz finita.

Cuba es mi padre enseñándome a jugar pelota en un parque, sus lecciones de hombre rudo pero cariñoso, y la imagen de un tipo poniendo tablas  él solo para construir una barbacoa en un cuarto de Centro Habana donde pudiera vivir su familia.

Cuba es mi hermano y mis primos, mis cómplice de todo; y mis amigos, y la fiera terquedad con que seguimos unidos, donde quiera que estemos.

Cuba son mis primeros amores, y el vendedor de maní pregonando allá afuera en lo que yo amaba a alguien por un para siempre que resultó ser muy corto. Y las risas, y las manos, y los ojos de una muchacha linda, y los primeros “ay, coño, sí…” de orgasmos en medio de un cuarto de ventanas altas,con persianas de madera y calor asfixiante.

Cuba es Silvio y Pablo, y el Benny y Lecuona, y Compay, y María Teresa, y los Van Van y el Bola, que canta que ay amor, si te llevas la vida.

Cuba es La Habana del cielo azul más azul de todos los azules,  la luna cuarto menguante cuando aún es de tarde,  los árboles y los amigos que ya no están,  el trueno de las cinco de la tarde, las lagartijas en las orejas como aretes, el jugo de naranjas, los casquitos de guayaba con queso, las motocicletas con sidecar,  las auras tiñosas, los libros forrados, los despertadores de plástico, el baño en el primer aguacero de mayo, las ceibas y los flamboyanes, los tibores, los trompos y los papalotes, el bigote de todos los hombres de la familia, las camisetas blancas, los bancos de mármol en los parques, los caramelos de colores, los libros de aventuras usados, los gritos de: quieto, quieto ! viendo una jugada apretada en la pelota con tu abuelo, los erizos de la costa, los cucuruchos de maní y los merenguitos, los adoquines, el canto de un gallo que los domingos despertaba a todos, las lámparas de luz fría y los quinqués, el sabor de un mango estallando en la boca, y el mar.

De esa Cuba não tenho saudade. Porque a esa Cuba la llevo dentro. Esa Cuba soy yo.

Pero hay otra Cuba, totalmente diferente. Una Cuba que se va adentrando en la barbarie y que se está traicionando a si misma. Traiciona a otra Cuba posible y aún alcanzable, una que soñaron gente luminosa y valerosa, donde el hombre fuera hombre por sobre raza, credo, estatus social, de salud y educación para todos, y que brindara lo poco que se tuviera para ayudar a otros hombres del mundo. Pero sobre todo, que promoviera el bienestar y las libertades de todos los cubanos.

Una Cuba enceguecida de tanto miedo, que defendiendo a ultranza a una soberanía que sin dudas merece ser defendida, ladra y muerde al que se le acerca, sin valorar sus intenciones. Una Cuba que ha decidido ponerle el prefijo “ex”, a cubanos que decidan pisar otras tierras o abrazar una ideología diferente. Una Cuba necia, que enseña a sus periodistas que se debe ser siempre fiel a la verdad, pero que es capaz de encarcelarlos cuando alguno de ellos, jóvenes comprometidos con su gente, osa refutar alguna de las máscaras que esta Cuba presenta al mundo.

Una Cuba en la que no puedes vivir con lo que ganas. No para comprarte las grandes cosas, los lujos, las joyas, los viajes, los autos del año, o la casa modernísima. Es poder ilusionarte con algo tan ínfimo como el último libro de tu escritor preferido,  el próximo concierto del grupo que más te gusta o el vestido que viste expuesto en una vidriera sin que la sombra de la necesidad te nuble el momento, y sin que para ello haga falta algo más que tu trabajo.

Una Cuba a la que regreso una vez al año luego de mucho estudiar, cargado de ilusiones y sueños, y que me rompe la vida al ser recibido por la visión de mi vecino, un mulato descendiente de mambises,  fidelista, revolucionario, y leal como las palmas reales, pero que para sobrevivir con algo más de la irrisoria pensión que le asignan, tiene que vender jabitas de naylon en la calle, luego de una vida de sacrificio, y uno le ve la tristeza en los ojos de quien ve ese mismo futuro para sus hijos, y para los hijos de sus hijos.

Asim que não, amiga minha. Não tenho saudade de esa Cuba Saturna que de a poco devora a sus hijos, o los ahoga hasta obligarlos a marcharse, y que se va devorando a sí misma.

No, no y no.

¿Para qué sirve mi hermano?

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Sirve para verlo, cada vez que cierro los ojos, muy serio y con sus ojos grandes llorosos, cuando todos coincidíamos muy formales, en lo sucio que estaba cuando nos lo encontramos en la basura, llenito de pies a cabeza de espaguetis.

Sirve para recordar, como si hubiese sido ayer, el día que me llené el dedo gordo de espinas de erizos porque se le antojó jugar de manos en la costa, precisamente aquel día, con ese  tremendo oleaje.

Sirve para no haber tenido pulovers, ni jeans, ni zapatos propios, y para verlo ahí, sintiéndose heredero de mis tenis, sabiendo que  yo nunca cabría en los suyos.

Sirve para verlo allá arriba, sonriendo en los hombros de mi papá en los conciertos, mientras que yo me resignaba a caminar por los siglos de los siglos.

Sirve para verlo llegar a la casa, con cara de fastidio, porque otra  maestra comentó que si “cuando tu hermano fue mi alumno esto o cuando tu hermano fue mi alumno lo otro”.

Sirve para azuzar al viejo en la bicicleta a que cogiera a aquel que va allá adelante, y “dale, que tu puedes, que hoy mamá hizo un desayuno reforzado”.

Sirve para que te cuente chistes tan re-pesaísimos y absurdos que al final acabamos los dos rodando por el piso de la risa por lo bien que él los cuenta.

Sirve para hacerme de taxista gratis a los confines de la Habana, batear a la zurda mejor que yo y dejarme salir adelante en las carreras de natación, para luego ganarme sin mayores contratiempos.

Sirve para cagarme en la perra genética, por como me gana en el pulso sin haber hecho nunca ejercicios, o por como presume de lo bonito que es, de lo superior que es su pelo al mío, o de como lo miran las titis del barrio.

Sirve para ir juntos al Latino y gritar alto por los Industriales y para mandarnos mensajes  burlándonos cada vez que Cristiano Ronaldo o Messi le meten un gol al otro.

Sirve para resolver todos los problemas casero-tecnológicos que me dan tanta pereza y que si el está cerca no parecen problemas, como aquella ducha rota que arregló en lo que yo googleaba “como reparar una ducha”.

Sirve como actualizador de todos los temas nuevos de la timba y el reguetón, de los cortes de pelo y de que como se usan los jeans en la Habana.

Sirve para vender unos zapatos a cualquiera en la calle en 10 minutos, después de yo lo intentara sin éxito por 2 horas.

Sirve para estar mil días separados y respirar aliviados el día que por fin compartimos par de cervezas en lo que la brisa marina nos refresca la cara.

Sirve para ver lo muchísimo que nos parecemos más allá de las mil diferencias que ven todos.

Sirve para ver como se miran papá y él sin que ninguno de los dos se de cuenta de cómo lo mira el otro, ni de como los miro yo.

Sirve para cantar juntos esta canción en el carro, por todo el malecón habanero.

Pero sobre todo sirve para decirle que lo extraño, hoy, un día cualquiera que no es su cumpleaños ni nada, para decirle también que lo quiero mucho y necesito que lo sepa, hermanito de los espaguetis.