Y yo, que no soy bueno, me pondré a llorar

Un día Silvio Rodríguez y Pablo Milanés se van a morir.

Entonces los que necesitamos sus canciones como quien necesita el aire para vivir, vamos a llorar.

Vamos a llorar en silencio, cada vez que escuchemos las canciones del mulato sensible de inteligencia aguda detrás de las gafas de pasta. Vamos a llorar cuando escuchemos, años después en una noche cualquiera, a esa voz melódica que habla de nostalgias suavecitas y cálidas que se cuelan y te cobijan cuando todo es oscuro y donde se adivina el olor al mar Caribe que se añora y la callada manera en que se adentra ella sonriendo que decía Nicolás. Vamos a llorar cuando escuchemos esas canciones que hemos susurrado bajito al oído de alguna que otra muchacha y que hablan de amores de madrugada y de la melancolía de ese tiempo que se fue y que ya no vuelve.

Vamos a llorar también cuando escuchemos tiempo después la voz horrible del flaco con mirada de niño curioso salir desde unos casetes viejísimos y amarillos con una cinta tantas veces remendada, por tus padres primero y luego por ti. Esa voz chillona que lastima los oídos y que parece salir desde algún lugar perdido en el tiempo con la peor acústica jamás vista, pero que carajos importa si está diciendo que “el tiempo pasará y no te importará seguir diciendo amor frente al primer dolor, pero los años van a desgarrarte a ti como le pasa a él, como me pasa a mí”. Y no es que se lo esté diciendo a María o a ti, es que lo estás diciendo tú. Es tu dolor, eres tú mismo ahogándote en el desamor más grande, es el puñetazo en el corazón, es la necesidad urgente y la sed incurable por ella, es el aleteo de golondrinas, es la rabia, eres tú gritando, expulsándolo todo, una noche al fin, en una ráfaga terrible de ideas y metáforas hermosas e imposibles, que se desparraman sobre unas cuerdas en rasgueos de guitarra.

Serán lágrimas, sí.  Pero serán ese tipo de lágrimas que deja esa sensación de no haber amado en vano. Lágrimas de tristeza por la belleza que se pierde, pero lágrimas agradecidas por la belleza recibida, esa que no se irá ya, porque quedó demasiado adentro de uno mismo.

Entonces, también vamos a perdonarlos. Cómo perdona el que tiene el corazón blando y la memoria ancha. Vamos a perdonarlos porque vamos a darnos cuenta, que además de ser grandísimos poetas, eran hombres, con sus luces y sus sombras, como tú y como yo. Así que lo repetiré hoy, una vez más y cuántas veces haga falta: Señores y señoras, no dejaré de escuchar nunca a Silvio y a Pablo mientras me quede oxígeno en los pulmones y haya un sol brillando allá arriba sobre mí. Ya pueden sacar a pasear argumentos de “peso” o anécdotas ridículas. Que si uno no le habla al otro porque vio la mierda que el otro es. Que si uno es tan cínico que les canta a los pobres en los barrios y tiene miles de dólares en una cuenta de banco. Que si el otro es tan cínico que traicionó todas esas cosas con las que dijo que se quedaba para irse a decir cuatro verdades a emisoras del otro lado del charco. Pues yo seguiré desgañitándome con sus canciones, los días laborables y los feriados, los primeros de enero y los treinta de febrero, con la misma fuerza a los quince, a los cuarenta y cinco y a los cien. Y seguiré esperando, quizás demasiado ilusamente, cómo quien espera en una torre a su hijo que fue a luchar con el Minotauro, que alguien venga con velas blancas en su barca con la buena nueva de un reencuentro que nos absuelva finalmente de esta nostalgia crónica. Quien sabe, será que la necedad también parió conmigo. Será que llevo sus canciones prendadas al cuerpo como quien lleva los brazos y las piernas. Y que bueno, carajo.

Sin embargo, yo conozco de algunos que los llorarán más alto. Aquellos que necesitan de Silvio y Pablo para darle de comer a los cuervos negros de su amargura. Aquellos que son como aquella muchacha que le grita al novio cantante, canalla, y amante de las mujeres: “¡Vete a la mierda, hijoeputa, muérete y que no te vuelva a ver en lo que te queda de tu asquerosa vida!”, para luego ir corriendo a asomarse a la ventana a ver si es él quien pasa silbando por los portales esa cancioncita que le encanta, aunque le duela (o a las canciones de estos dos, con los audífonos puestos, en la noche, para que el mundo no se entere de su moral de cristal). Van a llorar alto, los enanos de espíritu, que de tanta bilis acumulada, y a falta de mariposas, serpientes de mar, unicornios azules, Yolandas o Sandras, prefieren cocinar lentecito, lentecito, las larvas de sus rencores, cómo conviene a los habitantes del pantano, hasta que un día el caldo de su odio les estalle en la cara. Aquellos que son incapaces de separar al arte del artista, aquellos que arremeten contra el alfil, porque al Rey, claro, a ese no le pueden dar ni jaque.

Y no los perdonarán. No podrán perdonarles, esos seres impolutos, esos guardianes de la verdad más absoluta, esos dueños del dolor más grande, de la justicia y del bien obrar, esos que jamás se han podido levantar del sofá de la mediocridad, que a aquellas otras criaturas apócrifas, se les saliera la genialidad por los poros y que sean tantas las gargantas que cantarán sus canciones y que los recordarán, desde tantos rincones. No les podrán perdonar que se hayan muerto como vivieron, que hayan dicho lo suyo a tiempo y sonrientes, con su rastro invitando a vivir y a soñar. No les perdonarán haberlos dejado huérfanos, indefensos, con un odio de menos.

 

Estando

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A Ladyrene, futura madre de mi sobrino, y por ser de esas  personas detallistas que más que regalos, regala momentos. Gracias enormes por llevarme.

No estuve ahí, como no he estado en muchísimos otros ahí, que de tantos, ya se me acumulan en un rincón del cuarto, como esos pulóvers que me encantan y que ya no me quedan bien, y uno trata de no mirar para que no te golpee la certeza de que no me los pondré más, que ya fueron, que tu madre no se escandalizará nuevamente con ese letrero incorrecto, ni ella te lo elogiará de nuevo, como aquella vez.

Además, me parece sacrílego, después de leer a Mónica, Rafa o Diana, por solo citar a algunos de los envidiados, malgastar palabras sobre ese destello lumínico irrepetible que fue la noche del 3 de octubre, en el concierto de Jorge Drexler en el Teatro Nacional de Cuba, en nuestra Habana, donde no estuve, estando, si es que pueden entender este trabalenguas. Porque no hay nada más frustrante y triste que querer ser espejo de una sensación y solo reflejar espejismos, es mejor dejarla ir.

Y ya, basta de melancolías, que bien visto, si bien no tengo a la Habana, tengo un wallpaper gratuito todos los días a base Bahía de Guanabara + Cristo Redentor + Pão de Açucar, y tengo el mar, un mar que le falta a muchos. Pero aún así, esto es un intento de regalo para los que como yo, aún con borracheras semi-gratis a base de caipirinhas y cachaças, aún con rodas de samba en cada esquina, andamos con los pulóveres desechados en un rincón. A los que en algún gris de alguna ciudad escuchan el bullicio y las risas estridentes en la cola, o ven las caras emocionadas de los amigos que sabías que verías ahí, o que se mueren por un maní garapiñao de los que venden a la entrada de ese teatro.

Para ellos, para nosotros. ¿ Vamos ?

#LunesdeMúsica: Esa canción grúa que nos saca

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Confieso que la idea no es mía, es un plagio total a @danioska y Palabras a flor de piel, su excelente blog todo alegria(que puede ir a visitar un ratico pero luego se regresan aca !!). Pero como sé que ella me perdonará y como las buenas ideas no está mal hacerlas de uno, me atreví a traerla acá y compartirla con ustedes.

Entonces nada, como dijo el Cronopio mayor: la música es ese meláncolico alimento para los que viven de amor.  Así es que propongo servir la mesa cada lunes con un pie musical, para combatir el tedio de la semana por venir, los ruidos cotidianos y la monotonía diaria. Así, podremos ir formando un playlist entre todos al que podremos regresar siempre que queramos, sacarnos las medias, tirarnos para atrás, y dejarnos llevar.

Descorchando la botella, propongo como tema inicial: la canción grúa. Esa canción que no importa cuan hundidos estemos, cuántas veces nos haya dicho que no la jevita o jevito que nos gusta, cuanto nos hayan peloteado en el día, cuántas broncas con el jefe hayamos tenido, siempre viene a salvarnos y terminamos contagiados, brincando y cantando en medio del bus donde aquella señora nos mira alarmada.

Yo, que por estos días no necesito una, sino toda una flota de grúas, estoy volviendo compulsivamente a la voz de Fito, el flaco loco y hermoso, esta vez acompañado por la lindísima Fabi Cantillo, con eso que dice:

“son dos, las caras de la luna son dos
prefiero que sigamos mi amor presos de este sol
dejar, amar, llorar
el tiempo nos ayuda a olvidar
allá, el tiempo que me lleva hacia allá
el tiempo es un efecto fugaz
y hay, hay cosas que no voy a olvidar
la noche que dejaste de actuar
solo, para darme amor”

Aquí les dejo el tema, pásense y si pueden, háganme saber su canción grúa (si no son tan metatrancosos como yo y su onda es La vida es un Carnaval o Voy a reír, voy a gozar, vivir mi vida lalalalá, se acepta igual). Bienvenidos desde ya a estos #LunesdeMúsica

Sus grúas: