Cuando esto pase

Cuando esto pase no voy a tener ganas de salir a la calle a abrazarme con el primer desconocido con mascarilla para felicitarnos mutuamente por estar vivos. De hecho, no voy a tener ganas de salir a abrazarme con algunos conocidos que más que ponerse mascarillas, se las han quitado definitivamente.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de llenarme de vida y entrar corriendo desaforado al mar con ropa o de ir a una montaña a disfrutar de una puesta de sol, o de gritar al borde de un barranco. Creo que más bien voy querer homenajear a la vida tomando cerveza hasta casi perder el sentido bailando reguetón toda la noche con gente sudando fumando a mi alrededor y sudar y fumar yo con ellos también (sí mamá, yo también fumo a veces).

Cuando esto pase no voy a tener ganas de ir a reencuentros emotivos post-pandemia con antiguos ex-compañeros de estudios a los que un virus global los hizo reflexionar sobre la fragilidad de la existencia humana pero que antes de todo este desastre no sabían nada de mí porque estaban demasiado ocupados con sus vidas y de los cuales yo tampoco sabía nada pues (seamos justos), también estaba demasiado ocupado con la mía.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de gritar y saltar en un concierto de una banda mediocre ni de manejar en un descapotable a 90 mph alzando las manos, ni de besuquear a cualquier muchacha olvidable en una semana, ni de irme a ningún casino de Las Vegas a gastarme el dinero que no tengo o a una tienda a comprar un montón de trastes inútiles en Black Friday que de nada me van a servir para matar el tedio de una cuarentena. Voy a tener ganas simplemente de manejar un rato largo un día de lluvia y bajar la ventanilla y dejar que la lluvia me golpee en la cara.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de mensajes subliminales que nos envía la “Madre Naturaleza” a través de videos de ciervos caminando por las grandes ciudades o de delfines nadando en Venecia. Tampoco voy a tener ganas de tirarme selfies en cada sitio turístico al que vaya para luego publicarlas en Instagram en el próximo findelmundo y demostrar que yo fui supermegafeliz en esos lugares icónicos que están ahora tan desolados.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de ver todas las películas clásicas del Neorrealismo italiano ni de Ingmar Bergman ni de escuchar a Rachmaninoff ni a Wagner ni de leer a Baudelaire ni a Proust ni de ponerme al día con todo el arte bellísimo que ha hecho la Humanidad. Voy tener más bien ganas de quedarme dormido en el sofá viendo un juego intrascendente entre equipos mediocres de la Liga Española o viendo cualquier película china de artes marciales de clase B con un final predecible lleno de patadas y sangre con el aprendiz vengando la muerte del maestro contra un villano ridículamente malo y cruel. Y obviamente, voy a tener ganas de seguir viendo de vez en cuando alguna buena película porno.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de patriotismos baratos, ni de chovinismos, ni de los Trumps y Bolsonaros dándose golpes en el pecho rodeados de flamantes banderas y de ancianos noventeros sobrevivientes del coronavirus mientras alaban a médicos y enfermeras que van a seguir cobrando muchísimo menos de lo que merecen. No voy a querer el asco de escuchar a estos “vencedores” y a sus discursos triunfalistas donde nada se dirá de implementar políticas de salud pública accesibles y de calidad que nos brinde la esperanza mínima de no morirnos como ratas en tropel en la próxima pandemia.

Cuando esto pase voy a tener ganas de salir a caminar y de ir a tomarme un café donde me gusta tomarme un café. Voy a tener ganas de que un perro malhumorado me ladre desde el patio de una casa y de dibujar con ella nombres en la arena mojada. Voy a tener ganas de afeitarme y de ir a cortarme el pelo por cualquier motivo, qué sé yo, para verme bien en una cena o para para subirme un poco la autoestima. Voy a tener ganas de voltearme cuando me cruce con unos ojos hermosos por la calle para ver si ella se volteó también. Voy a tener ganas de ruidos de bocinas, pregones, taladros, gente comiendo rositas de maíz en el cine, y del olor del césped recién cortado. Voy a tener ganas de recuperar la frivolidad de reírme con chistes de humor negro, de hablar de cosas intrascendentes en Facebook, de que el clima influya en mi estado de ánimo, y de alegrarme por los colores del otoño que se derraman a la orilla de la carretera en North Carolina. Voy a tener ganas de encabronarme en una congestión del tráfico y por cosas estúpidas como el aumento del precio de la leche que me gusta en el supermercado. Voy a tener ganas del agobio por llegar tarde a algún sitio y de la ansiedad de hacer la maleta una hora antes de irme al aeropuerto, de la ansiedad del camino al aeropuerto y de la ansiedad de la fila del chequeo de la aduana en el aeropuerto. Voy a tener muchas ganas de aeropuertos. Aeropuertos, aeropuertos, aeropuertos, con o sin ansiedad.

Cuando esto pase voy a querer recuperar el tormento de la indecisión sobre la camisa indicada para ir a verla y de las dudas al sentarme a esperarla, de la incertidumbre y los nervios en lo que apuro una cerveza, del placer de observarla un rato a lo lejos cuando la veo llegar electrizando el aire, y de la certeza, cuando finalmente me vea y me sonría, que la camisa al final no importaba demasiado.

Cuando esto pase voy a tener ganas de mirar la luna. ¿Ya notaron que no ha dejado de estar allá arriba todo este tiempo, que es gratis y que es siempre hermosa? Pues yo no.

Cuando esto pase voy a querer seguir queriendo no caerle bien a quien no quiero caerle bien. Voy a querer seguir entristeciéndome por la muerte de mis ídolos para luego beber cerveza en su honor. Voy a querer beber en honor de gente que se muera de muertes naturales, que no hay suficientes cervezas para homenajear a tantos miles de muertos por el maldito coronavirus.

Cuando esto pase voy a tener ganas de seguir pudiendo elegir. Voy a tener ganas de vivir muy bien vividos los años que me toquen vivir para no acabar prostrado en una cama a los cien años sin acabar de morirme porque a lo largo de mi vida comí, no sé, demasiadas lechugas.

Cuando esto pase voy a querer siendo un tipo ahí imperfecto pero perfectible, un tipo que a veces miente pero que luego se siente miserable. Voy a querer seguir teniendo vacíos existenciales. Voy a querer de vuelta mi vida ausente de grandes acontecimientos donde parece que no pasa nada pero donde en realidad pasa mucho. No voy a querer ser el héroe ni el salvador en la película de nadie. Voy a querer seguir siendo tan solo un extra prescindible en la película de la vida de todos, pero que al menos haya una película, carajo.

Cuando esto pase voy a tener ganas, muchas más ganas, de tener mi propia familia.

Cuando esto pase voy a tener ganas, en resumen, de despertarme una mañana y hacerle el amor despacito, y de decirle luego al oído que aproveche y que duerma un poco más, que ya voy yo a hacernos café.