Pasar página

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La Habana, Cuba. Julio 2019. Colores de una tarde feliz.

Cuando uno está triste por un amor que se ha truncado, triste realmente, superlativamente triste, de esas tristezas que te pegan al cuerpo como ropa mojada después de un aguacero y que no te puedes quitar, de esas que una vez que te sacas la ropa se te queda la humedad impregnada en el cuerpo, de esa humedad que luego te pasa a los pulmones y te provoca un catarro tremendo que luego muta a una neumonía, de esas neumonías que te hacen respirar con dificultad y que al cabo de los días te dejan una flema verde que tienes que ir escupiendo por ahí para no ahogarte y que te dejan la voz ronca y la garganta roja y adolorida de tanto toser, los amigos vienen y te dicen que pases página.

Lo dicen porque es lo que se dice, es lo que les dijeron a ellos alguna vez y es lo que has dicho tú también un montón de veces. El problema es que detrás de esa sencilla frase que te ofrecen tus amigos con tanta buena onda para ayudarte, hay un par de posibilidades ocultas.

Porque lo que ellos te quieren decir en verdad, lo que realmente significa pasar la página es que vuelvas a reír, que vuelvas a ilusionarte con algo, que vuelvas a hacer las cosas que disfrutabas hacer antes de que llegara ese amor. Y eventualmente, que vuelvas a amar.

El único problema es que en los tiempos modernos, tiempos hiperconectados, hiperinformatizados e hiperdigitalizados, las páginas que deben ser pasadas son virtuales, o lo que es lo mismo, son omnipresentes y están llenas de algoritmos inteligentes pero a la vez fríos e hijos de puta que te ponen en la cara cosas que preferirías no ver, lo que hace bastante difícil no ya pasar la página, sino doblarles al menos una esquinita. No importa cuanto lo evites, siempre va a parecer una notificación de un tag o un comentario de improviso en tu timeline, una story que no esperabas detrás de otra que veías al descuido, una foto que no querías ver y con la que te diste de bruces de pronto porque no fuiste lo suficientemente rápido para dar scroll. Y ahí estás nuevamente frente a ella.

Claro que hay opciones, se puede intentar cerrar la página de un tirón, desinstalar todas las apps del teléfono, marcharse de todas las redes sociales, bloquearla de todas partes, desinstalar el navegador, desactivar la wi-fi, cortar la electricidad, arrojar el teléfono y la laptop a la basura, irte a vivir a una caverna, o simplemente, digámoslo alto y claro, tener el coraje suficiente para vivir una vida lejos del cibermundo, en donde no sólo se quedaría viviendo ella, sino donde se quedarían viviendo todos. Todos menos tú.

Solo que entonces no estarías pasando la página, estarías arrancándola. A esa página y a todas las páginas que vienen detrás. Estarías cerrando el libro.

Entonces te encuentras en medio de tu tristeza permanente ante dos disyuntivas: Una drástica que es cerrar el libro y la otra muy costosa que es dejar las cosas como están y aprender a lidiar con el libro, con la cubierta, con el lomo, con la página, con las páginas anteriores y con las que vendrán.

Entonces decides dejar la página donde está hasta que la página se pase sola. Y que tu tristeza y la neumonía duren lo que tengan que durar, y que duela lo que tenga que doler, y que la memoria sea todo lo cabronamente maravillosa y cruel que tenga que ser, y que tosas lo que tengas que toser hasta que entiendas que tu voz ya no es la misma voz, que es ahora más grave, que cambió para siempre. Y así, hasta que una tarde cualquiera, haciendo cualquier otra cosa, te tocas la garganta a ver qué tal el dolor y te sorprendes al notar como en esa zona tan grande de tu cuello que tanto te dolía, ahora lo que sientes son cosquillas, unas cosquillas que te hacen recordar cosas, cosas que están escritas en la página, y algo parecido a una sonrisa comienza a dibujarse en tu rostro.