Escalar

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Ella es de esas personas que tienen una extraña conexión con lo profundo. De esas personas que en algunos momentos de paz y equilibrio, puede apaciguar a los espíritus del mar y y calmar el temporal y la lluvia o convocarlos para desatar la tormenta y las olas a su antojo, tan solo para que el viento furioso le alborote el pelo.

Él es de esas personas que posee la valentía y la curiosidad de los primeros escaladores del Everest, que se arrojaban a la aventura con pocos implementos y la emoción en los ojos y en la sangre.  De esas personas que se lanzan a escalar porque saben que hay Everests que merecen ser escalados, tan solo para saber cómo se ve el mundo bajo los pies en la felicidad más alta.

Estas personas están profundamente conectadas a las primeras por la picada de un mismo mosquito o la mordida de un pez en el mismo río. También sucede que a veces, estos escaladores tienen la suerte de coincidir un día cualquiera en medio de su escalada con una de estas personas dueñas del mar, el viento y la lluvia en el momento en que se conectan con las fuerzas de la naturaleza. Y si tienen además la gracia y la chispa suficiente, pueden capturar esta conexión extraordinaria con los elementos en una imagen.

Lo que intento decir es que, si yo no hubiese estando viajando a tu lado aquella vez, no me hubiera comido unas croquetas caseras gloriosas en un vasito, no me habría detenido en un trozo de mar al borde de la carretera donde se juntan las olas con las nubes y el amor con la tristeza, y no hubiera tenido como destino de ese viaje, una felicidad compartida de mariposas en el estómago y pájaros en la cabeza, y la emoción simple y pura del sueño cumplido de un niño.

O no hubiera simplemente vivido, sin sentir vergüenza de ser feliz.