Lo común

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Día 1

Jim se despertó bruscamente, espoleado por un fuerte dolor de cabeza. A su lado, un rostro desconocido lo miraba con ojos asombrados. Los demás se fueron despertando de a poco, confundidos, mirándose unos a los otros, sin reconocer ninguna cara familiar y sin tener idea alguna de donde estaban y de cómo habían llegado hasta allí.

“¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? ¿Cómo llegué aquí?” – preguntó Jim a una mujer delgada que había a su lado y que pareció no entenderlo. Las mismas preguntas se repetían por doquier en los más diversos idiomas.

Paulatinamente, Jim comenzó a mirar a su alrededor para intentar reconocer el entorno. Eran cientos, sino miles de personas de todo tipo de nacionalidades, razas y de rango de edad. Mujeres, hombres, ancianos, adultos y niños. Estaban todos hacinados en lo que parecía ser un espacio enorme techado. Algunos trozos gigantezcos de metal oxidado se veían a lo lejos y hacían suponer que se encontraban en lo que fue  en algún momento un hangar o un búnker enorme que albergó aviones o maquinaria bélica. Sólo unas enormes lámparas en el techo emitían una luz blanquecina que rompía un poco la oscuridad sobrecogedora del espacio. No había ventanas, por lo que era difícil saber si era de noche o de día y la temperatura era un poco calurosa aunque sin llegar a ser asfixiante.

De pronto, una voz distorsionada y metálica comenzó a repicar en inglés desde una bocina suspendida sobre lo que parecía ser la una enorme puerta de cemento:

“No tienen nada que temer, ya que por el momento no corren peligro. Deben conservar la calma y escuchar atentamente las siguientes instrucciones, las cuáles deben seguir si aspiran a salir con vida de este lugar. Las instrucciones se resumen en una sola: Si desean salir vivos de aquí, solo deben encontrar el punto común entre todos ustedes. Cada día, cuando suene esta bocina, alguno de ustedes debe presentarse frente a ella y expresar aquello que consideran que todos tienen en común. En caso de acertar, serán liberados y podrán retomar sus vidas normalmente, en caso errar, aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados. Tienen agua y comida suficiente a su disposición aunque deberán racionalizarla pues no se les dará ninguna adicional. Están siendo monitoreados constantemente así que sabremos lo que hacen en todo momento. Intentar comunicarse con el exterior es inútil pues a todos se les ha extraído el teléfono celular. De igual modo resulta inútil intentar escapar pues las paredes son de acero reforzado y están totalmente aislados del mundo. El que intente algo de esto, será ejecutado. Sigan las instrucciones, encuentren lo que se les ha pedido, y no habrá problema alguno. Tienen 24 horas desde ahora hasta que suene por primera vez la bocina.”

Al principio, la sensación de incredulidad y asombro hizo que se apoderara de la multitud un silencio sepulcral.  Poco a poco, comenzaron los murmullos, los gritos, las imprecaciones.

-“¿Qué tipo de broma macabra es esta? ¡Si es un show para la televisión no tiene ninguna gracia! ¿Qué demonios quieren de nosotros? ¡Déjennos salir malditos cerdos imperialistas de la CIA!”- gritó un joven de aspecto desaliñado que llevaba una barba y pantalones raídos.

Cuatro horas después, el caos aún reinaba.  Todos intentaban imponer su opinión sobre qué es lo que deberían hacer, pero algo resultó evidente: si el lunático que estaba detrás de aquello, pudo realizar de manera tan eficiente un secuestro multitudinario como aquel,  cabía la posibilidad de que llevara su experimento hasta las últimas consecuencias, así que era mejor no arriesgarse.

Día 2

Alguien propuso organizar asambleas agrupadas por idioma, para llegar a un consenso antes de que se agotaran las primeras veinticuatro horas. Jim, comprendió enseguida, que con sus conocimientos de traductor y los seis idiomas que hablaba de manera fluida,  podría ser de gran ayuda en medio de aquel caos, así que rápidamente se vio caminando entre aquella marea humana,  recogiendo propuestas y entregando mensajes.

Luego de un gran esfuerzo que llevó otras cuatro horas, cada uno de los portavoces de los grupos recién creados le entregó a Jim el perfil de cada uno de los secuestrados. Apenas había comenzado a revisar aquella montaña de papeles cuándo Jim cayó en lo titánica  y casi imposible tarea que sería ver a simple vista un punto en común entre toda aquella marea humana. Sumaban en total, cien mil personas. Había desde desempleados hasta profesionales de todo tipo, desde universitarios hasta personas con muy pocos estudios, desde católicos fervientes, hasta budistas, musulmanas con hijab y ateos. Había desde comunistas admiradores de la Revolución cubana, hasta republicanos seguidores de Trump, homosexuales, heterosexuales, transexuales, fanáticos del deporte, nerds y personas obesas que llevaban una vida totalmente sedentaria. Encontrar una aguja en un pajar prometía ser una tarea más fácil que encontrar algún punto común entre aquel enorme y variopinto caldo humano, y el tiempo se agotaba.

-“Seguramente, algo común entre todos nosotros, debe ser algo que todos odiemos, o apoyemos, o algo que nos guste o rechacemos totalmente”– exclamó una mujer de ojos azules, vestida muy elegantemente con traje y zapatos altos.

” Sé que parece un slogan por lo tanto que lo mencionan las misses en los concursos de belleza, pero podría ser la paz mundial. No es broma, todos podemos tener opiniones políticas diferentes, pero no hay nada más horrible que perder a un ser querido por algún acto de odio de otros. Miren mi caso, yo siempre he sido pacifista, y nunca he apoyado las guerras que mi gobierno lleva a cabo, como en Afganistán por ejemplo, aun cuando mi hermano Thomas falleció en el atentado de las torres gemelas el 9/11 en New York. Si, verdad que sufrimos mucho en casa, pero tengo amigos musulmanes, y nunca los vimos como culpables, ellos también estaban afectados por todo aquello” – exclamó un chico alto de cabello rubio y alborotado. Un rato después, después de una larga pausa, alguien dijo: –“Mi mejor amigo también murió por uno de estos actos horribles y violentos, estaba en el concierto de Las Vegas y fue asesinado en ese infierno provocado por aquel maniático que comenzó a disparar desde el hotel con su arsenal de armas automáticas, todavía nuestros amigos no nos recuperamos, y los que defendían la Segunda Enmienda y el libre acceso a las armas, cambiaron de opinión y ya ninguno quiere comprar armas” – Conozco a alguien que fue herido en las Ramblas, y la madre de mi vecino, apenas sobrevivió al recibir un balazo en el Bataclan” – se escuchó en medio de aquella multitud. Jim recordó entonces a su sobrina Samantha, que fue herida en una pierna en Charlottesville por un supremacista blanco cuando protestaba pacíficamente y que su bisabuela fue una sobreviviente del ghetto de Cracovia antes de emigrar a los Estados Unidos.

De todas partes se escuchaban relatos relacionados con alguna afectación directa o indirecta a algún acto de terrorismo y otros tipos de violencia extrema, de esos que venían sucediendo ocurriendo a escala global en los últimos años. Un amigo de alguien que fue tiroteado en alguna calle por acá,  un familiar de algún soldado que nunca regresó por allá. No podía ser de otra manera, nadie podía estar a favor de algo así,  el mundo se desangraba con guerras y con tanta violencia que ya se volvía cotidiana en los noticieros matutinos y pedía a gritos algo de paz y tranquilidad El terror y la muerte mañana podían tocar la puerta de cualquier casa, en cualquier rincón del mundo. Oponerse a eso, esa tenía que ser la respuesta.

Cada uno de los portavoces que fungían de líderes de los distintos grupos estuvo de acuerdo, así que Jim se preparó para el momento decisivo.

Con una puntualidad implacable, la bocina resonó en todo el recinto y el eco recorrió toda la sala. Aunque todos estaban cansados y tensos, el ruido no despertó a nadie, era imposible dormir cuándo ese podía ser el último día bajo el sol, que brillaba allá afuera, en alguna parte.

Jim se adelantó a la puerta, se colocó frente a la cámara, que lo observaba muda e inexpresiva. A continuación, exclamó tan alto como le permitieron sus pulmones:

La violencia, todos repudiamos y estamos en contra de cualquier tipo de violencia como vía para alcanzar cualquier objetivo político, o como forma de odio racial, étnico, religioso, etc. 

Recién terminaba de decir la última frase cuando comenzaron los disparos. Al principio una sensación de incredulidad embargó a todos. Fue sólo cuando comenzaron los gritos de terror cuándo todos se echaron al suelo, intentando protegerse la cabeza y buscando alguna protección en los cuerpos más cercanos. Pasó un rato largo y un olor a pólvora impregnaba el espacio.  Jim, sin moverse en la posición que había caído luego de lanzarse al suelo, no se atrevía a abrir los ojos. Todavía se escuchaban algunos gemidos, sollozos, aunque cada vez más aislados, cuándo después de otro rato largo, Jim finalmente se armó de valor, no antes de cerciorarse que salvo un fuerte dolor producto de un fuerte golpe en el codo al caer, no tenía mayores heridas y que por tanto, tendría un día más de existencia sobre la Tierra. Abrió los ojos lentamente, y cuando sus pupilas se acostumbraron nuevamente a la iluminación lúgubre de aquel lugar, otras pupilas, sin vida, lo observaban. La mujer elegante de traje y zapatos altos,  lo miraba con expresión sorprendida desde sus ojos azules, un hilillo rojo de sangre le surcaba la frente, contrastando con su piel blanquísima.

Día 3

“Qué calamidad la mía Diosito, mira que decidirnos a venir a los Estados Unidos con los primos después de quedarnos sin nada allá en nuestro caserío de Puerto Rico por María, y ahora Diosito nos castiga así, qué calamidad, qué calamidad. ¿Qué quieren estas personas de nosotros? ¿Qué mal les hemos hecho?”

-“Ay comadrita, cómo te entiendo. Yo también me vine con mis hijos a los Estados Unidos después de que se nos cayera la casa allá en Puebla, con el terremoto. No llevamos ni un mes acá, apenas conseguimos trabajo, estaba intentando aprender inglés y ahora los gringos me hacen esto. No se entiende, no se entiende.

El codo de Jim comenzaba a tornarse de un morado oscuro y cada vez que lo flexionaba levemente un dolor agudo se apoderaba de todo el brazo, pero ni aun así se le iba de la cabeza la conversación en español que había escuchado entre dos mujeres bajitas hacía aproximadamente dos horas, mientras deambulaba sin rumbo por aquel lugar.

-“¿Todos estamos de acuerdo en que hay que proteger a las ballenas, verdad?” -“¡Si hay alguien que haya estado en contra de que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres que lo diga, por favor!” -“Yo y mi esposo vinimos a este país  para podernos casar, pero hay muchos otros lugares en que se prohíbe todavía el matrimonio gay ¿Ustedes están de acuerdo que es un derecho elemental de todas las personas, no es cierto? “¡La marihuana! ¡A todos nos gusta la marihuana y debería ser legal en todas partes!”

Gritos histéricos, cada grito queriendo ser más alto que el grito anterior. El nerviosismo comenzaba a apoderarse de todos conforme pasaban las horas y surgían las más variadas propuestas desde todas partes de aquel conglomerado humano. Nerviosismo que crecía una vez que había quedado demostrado de que los sádicos que estaban detrás de aquello no iban a vacilar en asesinar a cuántas personas fuera necesario hasta completar cualquiera que hubiera sido el estudio macabro que se habían propuesto. Así que finalmente, Jim se decidió:

-¡El cambio climático si existe! El planeta se calienta cada vez más y provoca fenómenos meteorológicos cada vez más intensos. Los científicos concuerdan en que cada vez son más fuertes los huracanes, terremotos, las olas de calor, de frío, las sequías. ¿Estamos todos de acuerdo en que si no hacemos algo por cambiar esto nos vamos a la mierda todos, verdad?

Aún luchaba por recuperar el aliento después de gritar aquello encaramado en una mesa, cuando Jim alcanzó a escuchar:

-“Yo estoy de acuerdo con eso, he leído que hay islas en el Pacífico que en pocos años desaparecerán por la subida del nivel del mar”- mencionó un señor muy delgado que cojeaba por una herida en una pierna, y que se le había quedado mirando cuando comenzó a hablar. -“Dicen por ahí que no, que son inventos de los científicos para ganar más dinero y tener mayor publicidad, pero casi todos los países firmaron ese pacto, el de París creo que era, y si todos los países están de acuerdo en eso, cuando no están de acuerdo en casi nada más, debe ser real”- dijo una muchacha negra con gafas detrás de Jim. ¡Claro que es real! Ahí están los records de temperaturas que se han disparado en todo el mundo, las tormentas son cada vez más fuertes, y sólo un estúpido no lo vería así, ese pudiera ser el consenso entre todos nosotros, a no ser que haya algún maldito descerebrado suicida que no piense así. Así que si alguien no está de acuerdo, que hable”- vociferó un hombre gordo y con cara de pocos amigos que había logrado subirse a la misma mesa que Jim, no sin antes hacer un gran esfuerzo.

Claro, que en un mundo ideal, donde primara el diálogo y la sinceridad, y donde el sentido común indicara que es más importante pasar por descerebrado antes que por muerto, alguien habría dicho: – “Son todas falacias, los cambios climáticos han existido siempre y es sólo una justificación de los ambientalistas para hacer quebrar las grandes compañías y así ganar fama y enriquecerse ellos”. Entonces, se habría pasado a otra propuesta, y listo,  una posibilidad mayor de estar todos vivos cuándo sonara la fatídica bocina nuevamente.

Pero como ya se sabe,  no vivimos en un mundo ideal y la valentía y la sinceridad sí que no es algo común entre los humanos, así que nadie dijo absolutamente nada cuando se corrió de voz en voz la pregunta, teniendo cómo ya era costumbre, a Jim cómo protagonista, yendo de un lugar a otro, intentando explicarse en cada idioma que sabía.

Quizás, en un mundo ideal también, hubiera habido más tiempo y la pregunta hubiera llegado a cada confín de aquella marea humana. Pero el tiempo se agotaba y todos estuvieron de acuerdo en que si nadie había objetado nada, esa tenía que ser la respuesta, o al menos una de las respuestas, así que Jim, con el codo doliéndole cada vez más, se armó de valor y se plantó debajo de la bocina a esperar la llamada terrible.

Obviamente, Jim no contaba con que su valor no fuera todo lo grande que él mismo pensaba, así que, cuando acabando de vociferar la última frase de la respuesta bajo la bocina una bala le entró por el hombro izquierdo, pensó que moriría.  El ardor que sintió fue tan grande que le entumeció toda esa zona y se desplomó al suelo sin sentido. Varias horas después, y una vez que recobró el sentido, el dolor agudo que le recorría todo el torso y el olor de su propia sangre pegada en su camisa le provocó esa extraña alegría que sólo los que han estado al borde de la muerte conocen. Esta vez no se atrevió a abrir los ojos hasta mucho después y deseó enseguida no haberlo hecho. El paisaje que se mostraba ante si era desolador. Sangre por todo el suelo, algunos gemían de dolor por las heridas, otros intentaban vendarse con los trozos de tela que podían alcanzar, y allá, a lo lejos, en una esquina, algunos habían logrado apilar a los cadáveres, una masa inerte a la que todos evitaban mirar, pero que ahí estaba, recordándoles que esta pesadilla no era de esas de las que se acaban al amanecer. Jim reconoció entre ellos al hombre gordo que se había subido a la mesa junto a él. Era evidente que los asesinos no se preocupaban demasiado por cumplir su palabra con aquello de: “aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados” y que con matar a algunos se daban por complacidos en su juego macabro.  A Jim lo invadió entonces una mezcla de rabia, impotencia y culpa. Fue ese mismo momento cuando decidió rendirse, y que la culpa en su conciencia la tuvieran otros.  Decidió dejar de ser la especie de Portavoz de la Muerte en que se había convertido para toda aquella gente, la última voz que probablemente escucharían con cada tentativa fallida. ¡Malditos asesinos! ¿Qué demonios querían probar con esta mierda de juego? ¿Qué todos estaban jodidos? ¿Qué había racistas, xenófobos, potenciales asesinos, y gente a las que no le importaba un carajo el planeta entre todos ellos? Era evidente que nada los unía, o que era algo más allá del más elemental sentido común. Protegerse, sobrevivir a cada toque de bocina para llegar al próximo toque de bocina, esa sería su misión ahora. Va y el miedo a la muerte era lo que los unía a todos, pero va y había algún loco suicida esperando ansioso que le perforaran el cerebro con un balazo. Ya no le importaba.

Día 4

Jim se había incorporado, se había hecho una especie de venda improvisada en el hombro con los restos de su camisa hecha jirones y había visualizado una esquina donde esperaría por el próximo toque de la bocina.  La cabeza le quería estallar de tanto pensar y no tenía ganas de nada. Aquel juego macabro no parecía acabar y aquel grupo de maniáticos asesinos no parecía tener límites ni ningún tipo de moral. Los días sin probar apenas bocado comenzaban a debilitarlo y no podía dejar de pensar en cuan diferentes era su vida hace apenas cuatro días. Daría cualquier cosa por estar ahora mismo en el patio de su casa, sentado bajo los árboles que había trasplantado hacía poco, tomándose una cerveza, mirando a sus hijas jugar con el perro, mientras su esposa preparaba el almuerzo ¿Lo extrañarían? ¿Qué pensarían de esta ausencia tan prolongada?

Un chico, a su lado, con los ojos rojos de llorar, se mecía en cuclillas y se abrazaba las piernas, mientras que casi sin voz, entonaba una melodía, casi un murmullo.

Jim no le prestó demasiada atención en un principio, pero ese sonido le parecía muy familiar. ¿Dónde he escuchado yo esto antes? Intentó descifrar de donde lo conocía. Le parecía algo que había escuchado mil veces antes, algo que lo había acompañado desde siempre.

Entonces, Jim lo supo.

Se levantó cómo espoleado por un resorte y comenzó a hacer preguntas por todas partes, en chino, en inglés, en ruso. Siempre la misma respuesta.

Minutos después, y ante los gritos de terror que provocó una nueva llamada de la bocina, Jim caminó decidido hacia la puerta, ante la mirada aterrorizada y atónita de todos.

– “Todos compartimos en nuestras redes sociales, Facebook, Twitter, etc,  el día previo a que nos trajeran aquí, el video de la famosa canción de Daddy Yankee y Luis Fonsi en Youtube: Despacito.” – exclamó con toda la voz y las fuerzas que aún le quedaban.

La puerta se comenzó a abrir lentamente,  mientras que los fuertes rayos de sol comenzaron a romper la oscuridad, lastimando las pupilas dilatadas de todos, acostumbradas ya a tantos días entre las penumbras.

Afuera, había un cielo azul, despejado y sin nubes. Comenzaron a caminar a lentamente, arrastrando los pies y protegiéndose los ojos de tanta claridad. Mientras, desde la bocina, una melodía inundaba el espacio:

Des pa cito. Quiero respirar tu cuello despacito….”